Fotografias Jordi Corominas
Llevaba toda la semana con varias ideas. Quería enfocarlas en torno a la Cultura de la ciudad, o más bien la diferencia entre la visión que quiere ofrecer y su cruda realidad. El motivo inconsciente era la presencia barcelonesa en la FIL de Guadalajara, donde la capital catalana es la invitada de honor en 2025.
Los representantes condales en este evento son, en general, la muestra de un discurso aséptico que no quiere formular ningún tipo de crítica, sino más bien promocionar una imagen de modernidad propia de BCN, donde la fachada suele primar sobre el contenido, al que, lo hemos repetido en múltiples ocasiones, podríamos llamar Barcelona, el territorio configurado por sus setenta y tres barrios, sin poder administrativo, pero con el valor de ser un extraordinario mosaico para generar reflexiones de calado, con o sin lo literario, más bien reacio en nuestro siglo a adoptar un papel intelectual de peso, el necesario para recuperar el brío de un debate por desgracia estancado.


Barcelona es una fuente inagotable de noticias que han perdido un hilo conductor. Son retales sueltos, hojas caídas en un suelo y olvidadas a la velocidad del sonido. En este sentido, no deja de ser llamativo como desde las letras se ha intentado proponer un nuevo canon novelístico con más voces femeninas y en catalán. Este intento de cambio de paradigma, estéril por no trascender su ámbito, es un buen ejemplo de cómo lo oficial se conforma con gestos de cara a la galería sin efectos prácticos, muy propios de un progresismo sin capacidad de impactar de veras en lo palpable.
Todos estos pensamientos podrían ampliarse, pero no es mi intención hablar tanto de libros, sino de la calle y su arte, llamado urbano desde finales de la pasada centuria y presente en todo el Planeta desde distintas sensibilidades.
Al viajar mucho por Europa he podido comprobar cómo sus variantes pueden sintetizarse en dos grandes grupos, por lo demás universales y válidos para otras disciplinas de lo creativo. A esta pareja podríamos añadir un tercer elemento, omnipresente por la urgencia de embellecer desde la rapidez espacios depauperados.

De este modo, el cierre de la trilogía sería decorativo y bastaría pasear por cualquier localidad para dar con arquetipos de este formato, bonito sin más, perfecto para contentar a todo el mundo y poco arriesgado, aunque siempre caben matices.
De hecho, lo hermoso de meditar sobre esta tipología de arte es la posibilidad de encontrártelo mientras caminas. Me ocurrió en septiembre con Solounacto, una chica veinteañera que realiza acciones de una tacada en espejos, mobiliario desechado y rincones útiles para su spray. Desde luego, no la podríamos clasificar en ninguna categoría del duelo al sol que sobrevuela estos párrafos, si bien su impronta tiñe recovecos de una manera asumida por la ciudadanía, que pierde oportunidades para aprender a mirar y, precisamente, adquirir criticismo desde el ojo cotidiano.
La vitola del arte urbano aún es transgresora y muchos se creen la milonga. Así lo vende cierta prensa con Tvboy; el muralista italiano afincado en el Baix Guinardó ha adquirido renombre mundial, asustándome una vez en Bolonia al verlo en el cartel de una exposición. Más que horror y pavor el sobresalto se debió a constatar mi sospecha. Él, siempre alerta de la actualidad, realiza diseños muy al gusto del consumidor normativo y por eso mismo aparece tanto en los periódicos, que corren a vender cualquiera de sus invenciones para refrescar sus noticias.



El problema es la repetición del efecto. Si escarbamos un poco más bastará ir a un muro sito en un extraño limbo. Es el carrer d’Escorial y no lo es, pues justo empieza tras Travessera y aún no ha alcanzado la plaça Joanic, puerta de Gràcia. Al lado de esta pared hubo durante decenios una churrería bastante desvencijada, vecina de un quiosco que aún vende periódicos y a veces tapa las piezas del transalpino quien parece tener esos metros reservados para su obra con total impunidad e inmunidad, sin miedo a ser multado porque él, por supuesto, es un artista.
Desde hace tres años esos, quizá algo más, Tvboy tiene a su disposición ese tramo, transformándolo para adaptarlo al pensamiento único preponderante y vender su alma al latido más convencional de Barcelona, causa de la aparición continuada de Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Salma Paralluelo, Lamine Yamal, Rosalía y hasta un alegato a favor de la paz en Palestina con ligeras críticas a Israel para adaptarse a lo propugnado por Jaume Collboni, quien desde hace unos meses vende su rol de gran adalid contra el Genocidio, a priori finiquitado tras un muy inestable alto al fuego.
También suele tener cierta presencia en los medios Roc Blackblock, que en los últimos meses acrecentó su labor no publicitada. Uno de los santuarios más desconocidos del arte urbano es el cruce de la rambleta d’Aragó, con las pajaritas de Ramón Acín como alfa y omega, con el carrer de Bilbao. En este trocito muchos depositan su ingenio y hasta hay un núcleo duro reconocido, quizá por la memoria del dibujante Ibáñez. Justo después de Mortadelo y Filemón hay un rectángulo mutante y acto seguido, al menos desde principios de otoño, podemos apreciar cómo Roc demonizó a Benjamin Netanyahu y su furia contra los palestinos.

El mensaje, por mucho que el alcalde lo compre a grandes rasgos, no ha trascendido en exceso y algunos han borrado las referencias más punzantes. Junto a otro mural de este artista, la anarquista del antiguo cuartel de la Guardia Civil en el carrer Sant Josep de la Muntanya, las escaleras se colorearon con la bandera de Palestina. La combinación entre la ácrata y la lucha más candente del año, con permiso de Ucrania, exhibe otra Barcelona a millas de la de Tvboy, acomodaticio con lo emanado desde los altavoces del poder y siempre a la última con íconos como Messi, mientras Roc Blackbloc se manifiesta en favor de los barrios, contra el turismo y en pos de reclamar atención para la pluralidad condal, no comosu homólogo expat, convertido, conviene reconocerlo, en un portavoz de BCN, ideal para alzar la voz sin más e inofensivo para plantear alternativas dotadas de carga crítica, la más perentoria si queremos poner sobre la mesa un diálogo en torno a los verdaderos males de una ciudad en perpetua transformación.


