Se le acabó la fiesta y también el entusiasmo. Biel creyó que alguien le escuchaba, que le respondía algún mensaje —una estrategia que usan también otros líderes populistas como Milei—, y ese gesto mínimo bastó para generar adhesión. Hasta que dejó de hacerlo.
Pol tiene 13 años y discutió duramente con sus padres, progresistas de toda la vida, tras un incidente escolar. Recibió un parte por hablar mal a una educadora que dio una charla sobre sexoafectividad. Pol no entiende por qué la profesora se dirigió a los chicos de la clase “acusándonos de machistas y futuros violadores sin conocernos”. Según les dijo, como herederos de la cultura patriarcal, el machismo y la violación formaban parte de sus genes, aunque podían reeducarse.
Pol empieza a tener sueños eróticos, a veces mira porno, le gustaría tener novia, pero no se decide. Por eso rechaza frontalmente que le anticipen una conducta que él mismo no reconoce ni desea. No se siente violento ni dominador, pero sí señalado.
La iniciación sexual necesita tiempo, rodeos y cierto misterio. Descorrer el velo antes de tiempo puede tener efectos perversos: degradar el deseo, convertirlo en pura satisfacción y cosificar al otro. Es algo que vemos con claridad en los abusos sexuales infantiles, donde el daño no acaba nunca de cerrarse. ¿Qué ocurre —como se preguntan también algunas investigadoras en La reacción neomachista tras la cuarta ola feminista— cuando nos anticipamos y los acusamos antes de que exista el acto, sin ocuparnos de sus inquietudes?
Paradójicamente, esa lógica se parece mucho a la del porno que muchos adolescentes consumen: una sexualidad expuesta, directa, sin preguntas ni deseo, que termina degradando a la mujer.
La escritora británica Caitlin Moran lo resume con claridad en su último libro, ¿Y los hombres qué?: “No podemos arreglar a las mujeres hasta que no arreglemos a los hombres”. La forma en que los adultos miramos a los jóvenes —si leemos sus miedos, o solo proyectamos nuestras expectativas y certezas sobre sus déficits— condiciona profundamente sus creencias y sus respuestas.
Uno de los grandes errores de parte de la izquierda es su respuesta reactiva. Incapaz de disputar el relato, responde al provocador y entra en su terreno. Mientras los ultras se dirigen a los jóvenes con aplausos, promesas de éxito y reconocimiento —aunque sean falsas—, el progresismo se limita a denunciarlas, reforzando así su visibilidad. Parte del éxito de Zohran Mamdani en su reciente elección como alcalde de Nueva York radica en haber sabido manejar esa emocionalidad sin falsear la realidad, pero atreviéndose a prometer un futuro colectivo mejor.
A todo ello se suma hoy la tiranía de la imagen. Muchos jóvenes traducen sus dificultades afectivas o sexuales en problemas de cuerpo o apariencia. La pregunta “¿cómo me relaciono con el otro?” se sustituye por “¿cómo me hago deseable?”. Muscular el cuerpo, tatuarlo, esculpirlo. Para ellas también. Así se evita la angustia del deseo —el propio y el del otro— y todo se reduce a alcanzar la forma correcta. Para conversar, ya están la IA y sus chatbots, que incluso sugieren qué decir.
No, los jóvenes, en su mayoría, no son ultras. Aunque algunos estudios recojan intención de voto a Vox, negación de la violencia de género o críticas al feminismo. Esas posiciones expresan sobre todo inquietud: por la vivienda, el trabajo, la emancipación, la familia o el cambio climático. Y también protesta contra partidos que no han sabido responder a esas preocupaciones.
¿Cómo van a creer en discursos de igualdad unos jóvenes que han visto cómo partidos de izquierda toleraban durante años a acosadores o misóginos en puestos relevantes? ¿Qué credibilidad tiene quien no afronta con claridad su propia corrupción ni ofrece soluciones eficaces a los problemas materiales del presente?
Acusarlos y anticipar su deriva ultra quizá tranquilice nuestra conciencia adulta, pero es una falta de respeto y un gesto de desprecio a su inteligencia. Biel lo demuestra al rectificar. Y, sobre todo, es la peor respuesta posible: porque al hacerlo los empujamos hacia quienes no esperan de ellos nada más que obediencia y sacrificio.



2 comentaris
Excelente, como siempre.
la referencia al respeto hacia los jóvenes creo que nos interpela como algo que más bien falta.