Recientemente, fui invitada al programa de debate de Betevé Plaça Oberta como responsable política del ámbito deportivo del proyecto Abril de la Fundación Neus Català, para hablar sobre el modelo de ocio que impera en Barcelona, especialmente el nocturno. El debate se abría con la pregunta de si era necesario revitalizar la noche barcelonesa, a la que respondí con un rotundo sí, en tanto que el ocio actual no responde a las necesidades ni a los deseos de la clase trabajadora, que somos la mayor parte de la población. Y senté la premisa de que no solo es necesario revitalizarla, sino que esta revitalización debe pasar por un cambio de modelo y no por la apertura de nuevos clubes, bares nocturnos o discotecas, ya que eso respondería a la lógica de la competencia y del libre mercado, una vía que como partido y como clase no defendemos, pero que parece estar ganando terreno.
Basta con salir una noche por la ciudad para ver cómo en los barrios históricamente (y también en el presente) obreros hay un ocio nocturno de menor calidad, con bares mucho más económicos, pero con más tensión y conflicto, mientras que en barrios más acomodados, como el Eixample, el ocio es elitista: hay códigos de vestimenta, los precios son elevados y normalmente te hablan en inglés. Gran parte del ocio nocturno, si no la mayoría, está destinado exclusivamente a turistas, como ocurre con las discotecas del Paseo Marítimo.
Los esfuerzos del PSC en el Ayuntamiento de Barcelona por crear la “marca Barcelona” —como si esta fuera un producto en sí mismo y no una ciudad en la que vive gente— están dando sus frutos: turistificación, masificación, expats, precios desorbitados, expulsión del vecindario, especulación de la vivienda, explotación laboral, pérdida de la lengua y de la identidad cultural… Todo con la excusa de que el turismo genera riqueza. ¿Riqueza para quién?, me pregunto, porque viendo el escenario, la riqueza es para la élite de siempre, ya que no es la ciudadanía quien recibe sus beneficios.
La única cosa en común que tiene el ocio, independientemente del barrio, es que este lleva casi de forma intrínseca el consumo de alcohol y otras sustancias, que las clases populares utilizamos para alienarnos después de jornadas eternas de trabajo, malestares emocionales, presión social u otros problemas, consecuencia del sistema capitalista. Además, los elevados precios del teatro y del cine, la criminalización del uso del espacio público por parte del vecindario, la privatización del deporte, el consumismo excesivo, etc., nos alejan del ocio cultural y popular y nos acercan a un ocio que requiere cierto nivel adquisitivo para disfrutarlo, dejando fuera a gran parte de la población, especialmente a la juventud o a las personas en situaciones de vulnerabilidad.
Paralelamente, gran parte del vecindario barcelonés se levanta en lucha contra el ruido nocturno y la suciedad que dejan las riadas de turistas ebrios para reclamar respeto hacia su descanso y su barrio. Con la mala suerte de que, ante una situación que se agrava año tras año y que ningún Ayuntamiento es capaz de resolver, parte de estos malestares se están canalizando a través de discursos reaccionarios en los que se mete todo en el mismo saco: ruido nocturno, botellones de jóvenes, perros, niños jugando a la pelota en la vía pública, personas sin hogar durmiendo en la calle o personas recién llegadas. Detrás de todos estos malestares se esconden discursos criminalizadores y fascistas, que buscan llevar el Plan Endreça a niveles extremos, eliminando de la sociedad a todo aquel que no sea deseado desde su mirada conservadora.
Además, y en la medida en que la política —tanto en este país como en otros— se está fascistizando cada vez con más fuerza, estos discursos se ven legitimados y encuentran su espacio entre las masas sociales, generando aún más fricción y trasladando la responsabilidad al pueblo en lugar de cargarla sobre la administración pública. El ejemplo más claro es la gran preocupación que de repente tienen algunas personas mayores por que los jóvenes beban en la calle, mientras les preocupa poco que tengan las tasas de suicidio más altas; y los criminalizan por consumir el único ocio que se les ofrece, en lugar de reclamar un ocio de calidad para todo el mundo.
Por eso, cuando hablamos de ocio de proximidad no solo hablamos de que esté cerca de casa, sino también de que sean espacios seguros, en catalán, populares, autogestionados y antifascistas. Un ocio que no pase por el consumo ni el consumismo, en el que la ciudadanía seamos parte activa de su formulación. Ya está bien de asumir que todo el mundo quiere el tipo de ocio que se nos está dando y que sea el Estado y las élites quienes decidan cómo debemos pasar nuestro tiempo libre. Queremos espacios de juegos de mesa, deporte popular, clubes de lectura, cine, teatro y música.
Pero, sobre todo, queremos gestionar estos espacios, queremos decidir nosotras qué hacer, queremos que se deje de precarizar a las entidades que ofrecen modelos diferentes, queremos que se deje de privatizar la gestión de los centros cívicos populares, tal como hizo el PSC nada más entrar en el Ayuntamiento con el casal Girapells de Horta, queremos que no se anteponga el rendimiento económico por encima de la vida de las personas. Porque si el ocio no lo hacemos nosotras, nunca será para nosotras. Sabemos, sin embargo, que este modelo de ocio debe ir necesariamente acompañado de un cambio de modelo social, económico y político, en el que la vida y los cuidados estén en el centro, en lugar del trabajo asalariado y el consumo. Porque un ocio de calidad nunca será posible sin tiempo, sin salud y sin antifascismo.


