Barcelona ha anunciado su nueva estrategia turística. Presentada como un ‘cambio de rumbo’, el Gobierno de Collboni apuesta por lo mismo de hace décadas: el turismo cultural. En realidad, bajo el lema This is Barcelona, que sustituye al Visit Barcelona, no se esconde otra cosa que vestir con la piel de la cultura lo que viene siendo su axioma desde que llegaran al poder hace ahora un año y medio, la calidad, algo que después de todo este tiempo ha llegado a convertirse en casi un meme.
En un estudio realizado por la Universitat de Barcelona (UB), dentro de la Red de Patrimonio, Turismo y Desarrollo Sostenible (IBERTUR), el turismo cultural era presentado, siguiendo a la Organización Mundial del Turismo (OMT, aunque recientemente ha pasado a denominarse ONU-Turismo) como aquella actividad turística en la que ‘la motivación esencial del visitante es aprender, descubrir, experimentar y consumir los atractivos, productos culturales, materiales e inmateriales de un destino turístico’. De acuerdo con la investigación llevada a cabo por la UB, entre las características de los practicantes de este tipo de turismo tendríamos el hecho de ser, principalmente, realizado por mujeres de un nivel de estudios superior, rentas medias o medias-altas, que viajan durante todo el año, es decir, no se atienen a la estacionalidad y con edades comprendidas entre los 25 y 44 años. Todo un chollo, una oportunidad, teniendo en cuenta que hasta el 60% de las personas que visitan España lo hacen por ‘motivos culturales’.
No obstante, el pequeño detalle de que el estudio fue realizado en 2009 y, aunque ya entonces la apuesta por esta tipología ya estaba clara para las élites políticas, económicas, sociales y culturales de la ciudad, el resultado final ha sido todo menos éste, no ha parecido interferir en la renovada apuesta del ayuntamiento. En gran parte, la Marca Barcelona ha sido construida sobre la transformación de la ciudad, desde su pasado fordista-industrial a su presente, y futuro, neoliberal-terciario, en base al levantamiento de toda una serie de contenedores culturales inexistentes que deberían servir como elementos de atracción a visitantes y capitales. Es así que se construyeron desde las cáscaras del arte moderno como el Museu d’Art Contemporàni de Barcelona (MABCA), en 1995, o el Centre de Cultural Contemporània de Barcelona (CCCB), un año antes, hasta el pretendido clúster cultural de Glòries, ya bajo la administración Trias, con el Museu del Disseny, en 2014, que enlazaba con la nueva ubicación del Mercat dels Encants, en 2013, y el resto de equipamientos que es posible trobar entre Marina y Meridiana, el Teatre Nacional y el Auditori. Todas estas grandes inversiones, firmadas por starchitects reconocidos, como Richard Meier, Moneo, Bofill o Fermín Vázquez, perseguían precisamente esto: el ‘cambio de rumbo’ de la ciudad, su vinculación a un tipo de actividad, de visitante, de turista, alejado de la vulgaridad y próximo al ideal de calidad, el dinero. Sin embargo, nada de eso ha acabado pasando.
Ya no es que muchas de las instalaciones, proyectos y obras mencionadas languidezcan en la anomia más absoluta, el caso del MACBA sería paradigmático, sino que, además, no siempre se puede significar un destino turístico. Tal y como Pedro Homar, Director General de VisitPalma, Fundación en materia turística y de promoción exterior de Palma de Mallorca, señaló durante su intervención en una de las mesas del World Travel Market (WTM), ‘querer controlar el flujo turístico a partir del precio, o del encarecimiento de precios, mejor dicho, ha sido un fracaso […]. No ha sido una buena estrategia ya que [debido al gran éxito del destino, pero también a factores exógenos, como las conexiones aéreas, etc.] todo el mundo quiere venir a pesar del coste’. Estas palabras, recogidas por la investigadora del Alba Sud, Carla Izcara, durante una reciente visita el WTM en Londres, evidencian algo que todos y todas sabemos: que la presentación, de nuevo, de una oferta vinculada al turismo cultural, also know as, turismo de calidad, no supondrá ningún cambio, ni de rumbo, ni de dirección, sino el enésimo empeño por parte de la administración local de hacer que los niveles actuales de presión turística sean asumibles. Al fin y al cabo, ¿quién puede estar en contra de la cultura?, como decía el antropólogo Manuel Delgado.
Así, como dijera Marx en las primeras páginas de su obra ’18 Brumario de Luis Bonaparte’, la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. De esta manera, todo parece indicar que nos encontramos ante la farsa del turismo cultural.


