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    Palestina

    Palestina i l’alto al foc: memòria i actualitat de la revolució

    asafardBy asafardgener 17, 2025No hi ha comentaris11 Mins Read
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    Manifestaciones globales a favor de la liberación de Palestina | Pexels
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    Ha llegado el alto el fuego en Gaza. O, al menos, parece que se acerca un acuerdo para el alto el fuego, entre presiones de EE.UU., bombardeos a traición de última hora y las amenazas de Netanyahu de sabotear la tregua hasta el último minuto, básicamente, en un enésimo acto de desgaste y guerra psicológica. Haya o no finalmente un alto el fuego, su posibilidad seria ya ha sido significativa y motivo de celebración en Gaza. Por increíble que parezca, facciones guerrilleras armadas de manera muy básica y la población civil han sido capaces de resistir a una potencia nuclear, cercados en un gueto y sometidos a una táctica de exterminio genocida continuado durante 15 meses. El alcance de esta victoria, y el equilibrio precario de este alto el fuego, aún están por ver. Pero definitivamente, la resistencia palestina ha logrado abrir de nuevo el curso de la historia, haciendo tambalear los cimientos del estado sionista de Israel y la hegemonía ideológica y militar del imperialismo occidental, y ahora consolida esta brecha. En un momento así, no puedo evitar hacer memoria, no para dar espacio al sufrimiento o la experiencia personal, sino para intentar aportar al balance de la situación: Hace casi 80 años, durante la Nakba, mis abuelos paternos fueron expulsados de sus respectivos pueblos en Palestina y mi bisabuelo murió bombardeado llegando a la frontera con Líbano. La Nakba marcó el inicio claro del proceso de colonización de Palestina. La primera generación de refugiados palestinos se dispersó por los países vecinos, en el caso de mi familia, en Líbano. El dolor de la condición de desarraigo y desposesión se transmitió también a la segunda generación de palestinos ya nacidos en esos campos de refugiados, como lo fueron mi padre y sus hermanas. Pero también la esperanza de recuperar el territorio palestino de las garras fascistas del imperialismo y el sionismo. Así, mi familia se enroló en la militancia por la liberación de Palestina en la diáspora, desde Líbano, dentro de la OLP. En ese momento, la causa Palestina jugaba un papel de faro, ideológico y práctico, para las organizaciones revolucionarias a nivel mundial. Un papel que Israel y el imperialismo interpretaron inteligentemente como una grave amenaza y decidieron erradicar: alimentando la guerra civil en Líbano primero e interviniendo militarmente a continuación. Una intervención que culminó con la derrota de la OLP y la matanza ejemplar de Sabra y Shatila, donde miles de niños, mujeres y ancianos fueron asesinados a sangre fría por los falangistas libaneses, aprovechando la marcha al exilio de los combatientes de la OLP y bajo la supervisión del ejército israelí.

    La Nakba y luego la revolución y la guerra en Líbano son grandes episodios de la historia de resistencia trágica de Palestina y de su proceso de colonización por parte de Israel, donde se cimenta el carácter de este como gran base militar del imperialismo otanista en Oriente Medio, basada en el genocidio, la represión y la expulsión de la población árabe. Episodios históricos, que a mí particularmente me han marcado profundamente como miembro de la tercera generación de palestinos en la diáspora. A través de mi padre, que me transmitió la memoria familiar de una experiencia colectiva de guerra, desposesión, éxodo y masacre. La historia de la resistencia Palestina va más allá de esos dos momentos, por supuesto, y de mi familia: sigue hasta la actualidad, desde los traidores acuerdos de Oslo hasta las Intifadas. No es mi intención hacer un balance intensivo. Sino exponer cómo esta memoria fue la base para alimentar mi propio deseo de luchar por un nuevo mundo que se levante sobre los escombros del viejo orden capitalista y colonial desde una conciencia plena del carácter necesariamente internacionalista de esta pulsión.

    Desde este legado, construí mi identidad política y formé parte de las generaciones que entramos en la militancia en Catalunya en los años de la explosión hipotecaria de 2008, pasando por el 15M, las grandes huelgas generales, las luchas juveniles, estudiantiles y el movimiento de ocupación y por la vivienda, o intentando un desenlace revolucionario para el Procés. No hace falta decir que fracasamos. Todos esos años los interpreto como un proceso de decantación del elemento comunista que brillaba en esas luchas y energías juveniles, de lo que aprendimos de muchas derrotas y frustraciones. Así, algunos filtramos las ideas y principios que nos llevaron a conformar el Movimiento Socialista, donde hemos confluido con nuevas y energéticas generaciones. Y en mi caso particular, entiendo que así es como di continuidad a la responsabilidad de corresponder con la herencia revolucionaria de mis raíces palestinas.

    La ofensiva del Diluvio de Al-Aqsa de octubre de 2023 nos agarra en el Movimiento Socialista en Catalunya conformados, mucho menos preparados de lo que nos gustaría para estar a la altura de un momento de tal calibre histórico. Durante estos 15 meses hemos intentado hacer nuestra aportación humilde a la ola global de solidaridad con Palestina, nos hemos puesto a disposición de los agentes y organizaciones del movimiento pro-palestino, así como hemos intentado recuperar, según nuestras posibilidades, la vieja consigna de confrontar nuestras propias burguesías y gobiernos cómplices con el imperialismo y el sionismo, intentando ser consecuentes en casa y en nuestro contexto. Le pueden preguntar a Pilar Rahola, que recordará el día en que toda Catalunya la vio manchada de rojo sangre como la sionista sanguinaria y defensora de un genocidio que es. También hemos tenido la oportunidad de confrontar con aquellos que, abiertamente sionistas o no, se atrevían a comparar Palestina con Catalunya, como si la segunda también fuera un pueblo colonizado. Lo hacían de manera interesada, para exigir una especie de solidaridad a cambio de su propio nacionalismo o para atacar la supuesta incoherencia de quienes defendemos la resistencia palestina y no somos nacionalistas. No solo es evidente que Catalunya no está colonizada y que hay que remarcar la centralidad de la cuestión colonial en la lucha de clases en Palestina a diferencia de nuestra sociedad de centro imperialista. Sino que es un flaco favor degradante para la defensa de las libertades nacionales de la clase trabajadora catalana ante la opresión nacional del Estado español, pasar a utilizar los términos delirantes del giro reaccionario de aquel catalanismo que se piensa a sí mismo como una minoría étnica, mientras promueve el odio racista contra el proletariado migrante marroquí y justifica el genocidio en Gaza.

    Las movilizaciones del último año y meses han conseguido romper con la tónica de fondo que se imponía desde la pandemia: ola reaccionaria, desmovilización, aceptación generalizada del relato imperialista de la escalada bélica en Ucrania como un mal necesario para confrontar al tirano Putin. También, sin duda, la enorme presión que han desplegado estas protestas ha jugado algún papel para llegar al punto de descrédito del Estado de Israel ante la comunidad internacional y la opinión pública mundial. Y sin duda, se ha logrado catapultar y asentar el carácter asimétrico y genocida de la guerra, la legitimidad de la resistencia armada palestina y otros elementos que explican el relativo cerco de presión que se iba generando alrededor de la entidad sionista.

    Pero sencillamente, somos conscientes de que no ha sido suficiente. Los fuertes consensos coloniales que perviven en nuestras sociedades del centro occidental y la pequeñez de las fuerzas revolucionarias nos ha hecho topar con un muro: la indignación moral ha llegado a ser de sentido común, pero aún existe una mayoría social no dispuesta a que la estabilidad política y económica de nuestro país se tambalee por un genocidio en la otra orilla del Mediterráneo. Por mucho que esa estabilidad ya esté tambaleándose por las decisiones de una minoría social que ha decidido guerra y austeridad para conservar su hegemonía militar y económica en decadencia y blindar el beneficio capitalista en tiempos de crisis. Y este factor, esta especie de límite estructural, lo han aprovechado nuestros gobernantes progresistas para jugar con gestos simbólicos y contorsiones diplomáticas para hacer de válvula de escape a la indignación frente al genocidio, mientras a nivel logístico, militar y económico el Estado español seguía siendo un apoyo consistente al Estado-ejército israelí.

    Si hoy se está firmando este alto el fuego es principalmente porque el sionismo parece necesitar una tregua ante su persistente incapacidad de cumplir durante los últimos 15 meses con el pulso que se había marcado: no han podido eliminar completamente las facciones armadas de la resistencia palestina, ni siquiera han podido vencerlas militarmente. A pesar de la incertidumbre sobre la continuidad y fiabilidad de esta tregua y de la lectura en términos de correlaciones de fuerzas a nivel geopolítico que podamos hacer, es innegable que representa una victoria moral de las fuerzas vivas de la humanidad frente a aquellos que tienen la dirección del mundo, dispuestos a agravar con la guerra total la crisis civilizatoria de la sociedad capitalista. Y también, es un alivio para mis hermanas y hermanos palestinos y libaneses, del mundo árabe en general.

    Podría enfatizar esta visión personal, de la misma manera que durante el último año, especialmente cuando Israel expandió la ofensiva hasta Líbano, llegué a cuestionarme seriamente qué estaba haciendo dando charlas y manifestaciones aquí y si mi lugar no era con mi familia y con mi pueblo en el frente. Pero no es el punto. La frustración y el cansancio brutal psicológico ante la normalización de un genocidio perpetrado en directo nos ha podido hacer tambalear la solidez y la orientación política, es natural. Pero es necesario mantener el norte: ¿qué hacer ahora? De la misma manera que nos preguntamos seriamente cuál es el deber de los revolucionarios en el centro occidental ante la guerra y el genocidio en Palestina cuando todo estalló, debemos preguntarnos ahora ante este alto el fuego.

    Resumidamente, estoy de acuerdo con aquellos que argumentan la necesidad de mantener la movilización y la acción; por principio, para seguir forzando el rompimiento de todo tipo de relaciones de nuestros estados occidentales con Israel. Pero creo que ante los muros con los que nos hemos topado, los revolucionarios en el mundo occidental tenemos el deber de enfatizar otra tarea, de darle peso.

    Nos hace falta profundizar y entender todos y cada uno de los aprendizajes y pistas que la causa Palestina nos ha dado sobre la actualidad de la revolución, también, aquí, en casa, y en un sentido estratégico. Entender todos y cada uno de los elementos que se han puesto sobre la mesa en el último año y medio a través de la solidaridad pro-palestina y que apuntan a las posibilidades de rearticular una fuerza revolucionaria de la clase trabajadora en Europa, en el Estado español y en Catalunya. La reconstrucción del internacionalismo, la recuperación de la organización de clase capaz de bloquear los flujos logísticos del comercio de guerra, la activación política de uno de los sectores más golpeados por la ofensiva de la clase dominante europea: la clase trabajadora migrante, la necesidad de actualizar la teoría del imperialismo y de conectar las luchas de la periferia global con la nueva realidad de capas amplias de la población occidental en proceso de proletarización. En resumen, las posibilidades de recomponer una fuerza y una alternativa política capaz de confrontar con garantías la guerra, el genocidio y la barbarie. Nosotros, tenemos nuestra particular hipótesis y estamos comprometidos en desplegarla.

    Como decía al principio, en los años 60 la lucha por la liberación de Palestina fue un faro y una base territorial efectiva de apoyo para los movimientos revolucionarios de todo el mundo. Los últimos 15 meses nos han hecho llegar a la conclusión de que se ha retomado este hilo. La solución a la cuestión palestina pasa por una Palestina libre del río hasta el mar, es decir, por la destrucción completa del estado sionista de Israel. Y eso, implica la expulsión del imperialismo otanista de todo Oriente Medio y una salida emancipadora, socialista, para toda la región. La única salida para Israel, por el contrario, implica conseguir hacer entrar en la guerra directamente a EE.UU. y la OTAN para intentar expandir todo el dominio occidental y el colonialismo de asentamiento en la zona. Nada de esto, como ya he dicho hasta ahora, es ajeno a nuestra vieja Europa, cruzada por la crisis a múltiples niveles del mundo capitalista y dominada por una oligarquía financiera que está comprometida hasta el fondo con el imperialismo otanista.

    La causa de Palestina es la causa de los oprimidos del mundo. Bajo este lema, el próximo domingo 19 de enero el Movimiento Socialista hemos organizado una jornada de debate y reflexión para sacar el máximo provecho a los aprendizajes estratégicos que nos ha aportado la causa palestina en el último año y medio, con la privilegiada compañía de compañeros comunistas árabes y del movimiento de solidaridad con Palestina. Las últimas novedades, aunque no las hubiéramos previsto así, enfatizan lo oportuna que es esta jornada. A todos los que compartan la necesidad de responder con rigor a la pregunta sobre cuáles son las tareas de aquellos que creemos en el cambio revolucionario en Catalunya, en Europa y en todo el mundo, de aquellos que queremos hacernos dignos del agujero en la historia de los poderosos que ha abierto la resistencia palestina. A todos vosotros, os esperamos.

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