El artículo “Brazos en alto”, publicado recientemente por la Fundación FAES, no es una crítica más a Trump. Es un ajuste de cuentas con Vox, al que acusa de abrazar una “Internacional nacionalista” contradictoria y peligrosa. El texto, arremete contra el partido de Abascal por su participación en la reciente convención de Washington, donde Steve Bannon —exasesor de Trump— realizó un saludo nazi durante un mitin. FAES lo describe sin ambages: “Hemos visto un conciliábulo donde se levantan muchos brazos: para rendirse a la Santa Rusia o para presumir de provocación gamberra”. La fundación de Aznar señala la incoherencia de un partido que, mientras se declara “patriota”, aplaude aranceles de Trump contra productos españoles o “secunda, por activa o pasiva, la victoria de un ex coronel del KGB” (en clara alusión al apoyo tácito de Vox a Putin).
La ironía es que FAES, históricamente aliada del neoconservadurismo de Bush, hoy se presenta como guardiana de la ortodoxia atlantista. Pero su crítica no es moral, sino geoeconómica: el proteccionismo trumpista perjudica a empresas españolas del Ibex 35, mientras la alianza de Vox con figuras como Marine Le Pen o Viktor Orbán fractura la unidad europea. FAES recuerda las palabras de Meloni: “Occidente es tan inconcebible sin Estados Unidos como sin Europa”, y culpa a Vox de romper el grupo de la italiana en el Parlamento Europeo para unirse al “Putin club”.
Esta fricción entre espacios ideológicos aparente “amigos” no solo expone las contradicciones inherentes al proyecto neoliberal, sino que también obliga a interrogar el lugar de fuerzas como Vox en el tablero político. ¿Cómo entender que un organismo neoliberal como la FAES cuestione a un icono de la derecha autoritaria como Trump? ¿Qué revela esto sobre las fisuras entre neoliberalismo y neoconservadurismo? Y, sobre todo, ¿dónde se sitúa Vox en este mapa de disputas?
FAES vs. VOX…a través de Trump
La FAES, heredera intelectual de Friedrich Hayek y Milton Friedman, encarna el núcleo duro del neoliberalismo: defensa del libre mercado globalizado, desregulación y un internacionalismo basado en alianzas geopolíticas tradicionales (como la OTAN y la UE). Trump, en cambio, representa un neoconservadurismo reconvertido en nacionalismo económico, donde el proteccionismo comercial y la retórica antiinmigración se fusionan con un autoritarismo político. Como señala Wendy Brown en Undoing the Demos (2015), el neoliberalismo clásico aspiraba a un orden transnacional gobernado por la lógica del mercado, mientras que el neoconservadurismo actual —encarnado por Trump— prioriza la soberanía nacional y la identidad cultural como bastiones contra la globalización.
La crítica de la FAES a Trump no es, por tanto, una ruptura, sino una defensa del dogma neoliberal frente a un proyecto que amenaza sus pilares: el libre flujo de capitales y la institucionalidad multilateral. Aznar, como arquitecto del PP moderno, siempre apostó por un conservadurismo modernizado, es decir, neoliberal en lo económico y proatlántico en lo geopolítico.
Esto no significa en absoluto que Trump haya abandonado el capitalismo, sino que está tratando de reconvertir en un régimen tecnofeudal, donde gigantes como Tesla (con contratos millonarios del Pentágono) o Oracle (controladora de datos estratégicos) actúan como señores del nuevo orden. El proyecto político de Trump consiste en crear una red de dependencia entre el Estado y corporaciones que controlan tecnología, energía y datos, un sistema que recuerda al feudalismo: lealtad a cambio de privilegios. En el fondo, sin embargo, no deja de ser una declinación más de una forma brutal de capitalismo.
Aquí emerge la incógnita de Vox, que baila al son de su propia contradicción. Su retórica combina el ultranacionalismo identitario, el rechazo a la “ideología de género” y un discurso económico ambiguo: promueve recortes fiscales (herencia neoliberal) pero también subsidios selectivos para sectores estratégicos (proteccionismo latente). Es decir: un proyecto que instrumentaliza el neoliberalismo para financiar su agenda autoritaria, pero sin renunciar a un imaginario de pureza nacional. Pero mientras demoniza el feminismo o el ecologismo, sus políticas económicas (rebaja del impuesto de sociedades, recorte de inspección laboral) benefician a las mismas élites que FAES defiende. Su “nacionalismo” es un teatro para ocultar que, como escribió Marx, la burguesía no tiene patria alguna.



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