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    Política

    Kast: la victoria del pinochetismo

    sfalconBy sfalcondesembre 15, 2025No hi ha comentaris8 Mins Read
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    Kast
    José Antonio Kast, guanyador de les eleccions a Chile. Foto: Wikipedia Commons
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    La política chilena solo acostumbra a acaparar titulares internacionales cada cuatro años, coincidiendo con la celebración de las elecciones presidenciales. Tradicionalmente, si dejamos al margen las movilizaciones de 2011 o 2019, el bipartidismo ha sido capaz de controlar las instituciones políticas del país, y el turnismo junto a una cierta moderación centrípeta han marcado la dinámica política chilena. Pese al trasfondo de movilización social, la victoria de Gabriel Boric al frente de una coalición de izquierdas situada a la izquierda de la Concertación —la alianza tradicional entre socialistas y democristianos, de la que formó parte la expresidenta Michelle Bachelet— no ha supuesto un cambio sustancial en este sentido.

    La polarización política que impregna la política global ha permitido reconfigurar las fuerzas a derecha e izquierda, alterando los protagonistas del bipartidismo chileno. Por un lado, la coalición de izquierdas —que en esta ocasión integraba también a socialistas y socialdemócratas— ha apostado por una candidata militante del Partido Comunista, Jeannette Jara. Por el otro, concurría la amenaza de un retorno al pasado: un José Antonio Kast que, en la segunda vuelta electoral, ha contado con el respaldo de la derecha tradicional.

    Kast (Partido Republicano) representa una derecha política que combina cuatro ingredientes principales: populismo, neoliberalismo, conservadurismo social y autoritarismo institucional. Su proyecto promueve un relato de confrontación entre un “pueblo decente” y unas élites políticas y culturales de carácter progresista, a las que acusa de haber deteriorado el orden y la seguridad. Al mismo tiempo, defiende una agenda económica profundamente neoliberal, basada en la desregulación del mercado y en la reducción del Estado a su mínima expresión.

    Este planteamiento se completa con un conservadurismo social duro, especialmente en materia de derechos reproductivos, diversidad sexual y educación, que durante esta campaña ha optado por omitir deliberadamente en sus comunicaciones públicas —a diferencia de lo ocurrido en 2021—. Su doctrina en estos ámbitos no difiere en absoluto de la que promueven en España grupos ultraconservadores como Hazte Oír. Como diputado, votó en contra de la dispensación gratuita de la píldora del día después, se opuso a la ley de no discriminación por razón de género y rechazó el acuerdo de unión civil entre personas del mismo sexo. El pack completo.

    Por último, el nuevo presidente electo de Chile defiende una concepción autoritaria del poder que legitima el endurecimiento penal —especialmente contra los colectivos migrantes— y la asunción de un papel más relevante por parte de las fuerzas de seguridad dentro del marco institucional chileno. A juicio de Kast, la democracia debe subordinarse al mantenimiento del orden y la seguridad. La combinación de estos cuatro elementos sitúa a Kast dentro de la nueva derecha radical global, con profundas raíces locales en el legado político del pinochetismo.

    Kast y el pinochetismo

    Una característica contemporánea de la nueva ola de derecha populista, en auge a nivel global, es la distancia que suele marcar respecto a las dictaduras o procesos autoritarios vividos en sus países de origen. La batalla de Marine Le Pen por apropiarse del legado gaullista o la posición de VOX frente al franquismo son ejemplos claros de ello.

    Chile, sin embargo, constituye una excepción. Aunque Pinochet abandonó el poder en 1990, fue comandante en jefe de las Fuerzas Armadas hasta 1998 y senador hasta 2002. La huella autoritaria logró sobrevivir al cambio de régimen, situando la centralidad política del país algo más a la derecha de lo habitual en el resto de países de la región.

    Kast no adhiere formalmente a la dictadura, pero articula y representa su legado político y simbólico. Sin ir más lejos, su hermano Miguel Kast fue miembro de los denominados Chicago Boys, un grupo de tecnócratas chilenos que, inspirados por las teorías de Milton Friedman y Arnold Harberger, impulsaron reformas estructurales de signo neoliberal en la economía chilena. Este grupo ocupó posiciones clave en la administración pinochetista: Miguel Kast fue ministro de la Oficina de Planificación Nacional (1978–1980), ministro de Trabajo y Previsión Social (1981–1982) y presidente del Banco Central de Chile (1982). Sí, efectivamente, el hermano del nuevo presidente de Chile fue ministro de la dictadura.

    El parentesco familiar, aunque indicativo, no es el único vínculo del nuevo presidente electo con la dictadura de Pinochet. Kast se ha manifestado a favor de indultar a agentes del Estado responsables de violaciones de derechos humanos durante aquella etapa, a quienes incluso llegó a visitar en prisión para trasladarles su apoyo. No sorprende si se tiene en cuenta que Kast ha llegado a afirmar que el régimen militar fue un “mal necesario” para salvar a Chile “del comunismo”. En 2017, el ahora presidente chileno llegó a declarar que, de estar vivo, Augusto Pinochet le habría votado a él.

    ¿A la derecha de Bolsonaro?

    En clave comparada, José Antonio Kast puede situarse claramente a la derecha de Jair Bolsonaro, especialmente en el ámbito económico e institucional. Mientras el bolsonarismo combina un discurso ultraconservador con un populismo económico errático y condicionado por la lógica del sistema político brasileño, Kast se inscribe en una tradición chilena mucho más ortodoxa y coherente de neoliberalismo duro, heredera directa de las reformas estructurales impulsadas por los Chicago Boys durante la dictadura.

    En este mismo eje comparativo, Kast también puede ser comparado con el presidente argentino Javier Milei, con quien comparte una defensa radical del neoliberalismo y una impugnación frontal del Estado como actor redistributivo, pero de quien se diferencia tanto en el estilo como en la raíz ideológica. Milei construye su proyecto desde un anarcocapitalismo disruptivo, antipolítico y fuertemente personalista, que cuestiona incluso la propia existencia del Estado y se presenta como una ruptura con el orden institucional previo. Kast, en cambio, no pretende destruir el Estado, sino ponerlo al servicio de un orden social jerárquico, conservador y disciplinario, reforzando sus funciones coercitivas mientras reduce su papel social.

    Kast sería, por tanto, un candidato populista y neoliberal como Milei, pero autoritario y ultraconservador como Bolsonaro. Una fórmula ciertamente peligrosa.

    ¿Qué podemos esperar de su presidencia?

    El programa económico de Kast plantea un fuerte ajuste fiscal —cifrado en 6.000 millones de dólares en apenas dieciocho meses— con una notable ambigüedad respecto a los mecanismos concretos para alcanzarlo. Su estrategia se basa en la desregulación, la contención del gasto y la eliminación de determinadas cargas fiscales, como las contribuciones a la primera vivienda. Todo ello mientras afirma que no suprimirá prestaciones como la pensión garantizada universal, pese a haber defendido en el pasado la reducción de las pensiones.

    En el eje de la seguridad, Kast ha puesto sobre la mesa el denominado “Plan Implacable”, orientado al endurecimiento penal, la expansión del aparato represivo del Estado y la construcción de prisiones de alta seguridad, así como a la creación de fuerzas especiales para intervenir en territorios controlados por el crimen organizado. Esta lógica se extiende a la política migratoria, donde recupera propuestas ya formuladas en campañas anteriores, como la financiación de vuelos para deportaciones masivas de personas en situación irregular. Se trata de un conjunto de medidas que refuerzan una concepción del orden público como eje central de la acción de gobierno, pero que abren interrogantes relevantes tanto sobre su coste real como sobre su compatibilidad con el marco jurídico vigente.

    ¿La buena noticia?

    En Chile, los presidentes solo pueden ser reelegidos por dos mandatos no consecutivos. Entre 2006 y 2022, el país tuvo únicamente dos presidentes y cuatro mandatos: Bachelet, Piñera, Bachelet, Piñera. Por tanto, Gabriel Boric podría volver a postularse dentro de cuatro años, aunque a día de hoy resulte difícil prever cuál será entonces el panorama político.

    Kast, de este modo, tiene fecha de caducidad, un hecho especialmente relevante dado el carácter marcadamente personalista de su movimiento. Además, habrá que observar cómo se materializa la incorporación de la derecha tradicional a su ejecutivo y cómo funciona esta convivencia política. Otros excandidatos poco sospechosos de progresismo, como Franco Parisi (Partido de la Gente, 19,71 % en primera vuelta) o Johannes Kaiser (Partido Nacional Libertario, 13,94 % en la primera ronda), tendrán incentivos claros para contribuir al desgaste de la presidencia de Kast.

    En conclusión, la llegada de José Antonio Kast a La Moneda no puede interpretarse como un simple giro coyuntural hacia la derecha, sino como la normalización de un proyecto político que combina neoliberalismo radical, autoritarismo institucional y un legado pinochetista nunca plenamente superado. Su mandato pondrá a prueba tanto a las instituciones chilenas como la capacidad de las fuerzas políticas y sociales progresistas para articular una alternativa sólida. Kast tiene fecha de caducidad, pero las ideas que representa no desaparecerán por sí solas; el verdadero desafío para Chile será evitar que este retorno al pasado se consolide como horizonte de futuro.

    Kast
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