Según el primer Barómetro de 2025 elaborado por el Centro de Estudios de Opinión, el PSC se mantiene como primera fuerza y podría mejorar sus resultados, pasando de 41 a 43 diputados. Es evidente que el efecto Illa funciona, y funciona porque está haciendo lo que prometió en su momento: no gritar y no meter demasiado la pata. No tiene más misterio. Cataluña —una parte, siempre es una parte— estaba deseosa de cambiar de canal y despreocuparse del color de la bandera del vecino de enfrente. Al menos por una temporada. Cuando hay un político que, aproximadamente, cumple con lo que dice, obtiene beneficios. Y decimos aproximadamente porque hay un elefante de metal en la habitación que se llama Rodalies.
La imagen de Rodalies va más allá de los problemas diarios (que son muchos) y proyecta una triste imagen de lo que significa Cataluña: la de un país sin rumbo, justo lo que Illa intenta evitar. Si la situación no mejora, es posible que acabe pasándole factura. Pero Illa, en este punto concreto, tiene suerte. En caso de que no se vea la luz al final del túnel, las culpas se repartirían entre los socialistas y ERC.
Esta no es, sin embargo, la cifra más relevante, sino estas otras dos que van de la mano: Junts per Catalunya retrocedería sustancialmente respecto a las últimas elecciones y pasaría de los 35 escaños actuales a 27-29. A la vez, Aliança per Catalunya pasaría de los 2 que tiene en este momento a 6-8. No hace falta ser politólogo para advertir que estamos ante un trasvase neto de votos, y uno muy coherente: de la derecha a la extrema derecha. De un partido que articula un discurso racista con la boca entreabierta, a otro que lo hace a gritos. El paralelismo con PP y VOX es evidente.
Junts per Catalunya quería ser, como CiU, un catch-all party. Pero la manera en que se posicionaron respecto a la independencia, situándola como el tema principal de su programa, los convirtió en un one-party issue. En los años climáticos del procés, esta apuesta tenía cierto sentido estratégico, ya que la única frontera electoral que tenían los postconvergentes era con ERC. Eran los años de la pureza interna, aquella que era capaz de condicionar votos con afirmaciones vacías del estilo: “nosotros queremos la independencia como vosotros, pero nosotros somos más independentistas que vosotros”.
Ahora, una vez casi desaparecido el omnipresente debate sobre la independencia (porque solo un 37,6 % estaría a favor, el dato más bajo de los últimos diez años), se han apresurado a buscar un discurso que llene su falta de identidad. El problema —o el error estratégico— es que han intentado convertirse en los representantes del discurso punitivista en materia migratoria para robar votos a Aliança Catalana o, mejor dicho, para intentar frenar la fuga que ya preveían. Se han creído que podrían absorber a los votantes de Aliança Catalana con un discurso similar al suyo, pero con la boca pequeña. Y, ante la opción de escoger entre la copia y el original, la gente escoge el original.
Por otro lado, los continuos desencuentros con ERC —como las luchas por el protagonismo en la negociación con Madrid— y el rechazo a colaborar con partidos no independentistas —excepto cuando les convenía, como con los presupuestos— han mermado su capacidad de influencia. En contraposición, el PSC ha sabido tejer alianzas tanto con los Comunes como con sectores de ERC, proyectando una imagen de pragmatismo.
La insistencia de Junts en la “pureza” los condena a la marginalidad en un parlamento cada vez más fragmentado, donde la capacidad de sumar es clave. Y aquí se olvidan de una regla básica: en política, solos no se gobierna ni se impone la agenda. Sin aliados, Junts es incapaz de forzar cambios sostenibles. Sin una identidad propia, corre el riesgo de descomponerse. Y ya ni hablemos de tener un líder que, claramente, ya ha visto pasar el punto álgido de su carrera.


