La primera acción es la solicitud, ante las instituciones de la Unión Europea (UE), de la nominación como Capital Europea del Comercio de Proximidad durante el año 2026. La candidatura cuenta con el respaldo de numerosas instituciones y organizaciones empresariales, entre las cuales podríamos citar la Generalitat de Catalunya, el Área Metropolitana de Barcelona (AMB) o la Fundació Barcelona Comerç. Es cierto que, hace unas décadas, la ciudad se caracterizó por su intento de poner en valor el sector comercial local, sobre todo de cara a la proyección internacional que estaba a punto de alcanzar con la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992, pero este estaba más volcado en la atracción de clientes foráneos, turistas, y menos en activar el denominado comercio de proximidad. Además, si algo ha caracterizado las políticas públicas municipales ha sido su apuesta por la llamada a que las grandes marcas se instalaran en la ciudad así como a llevar potentes reformas urbanísticas cuya guinda final resultaba ser un Centro Comercial modelo americano, nada más alejado del comercio que ahora se pretende potenciar. Hay que entender, por tanto, la acción del Ayuntamiento como otra de sus políticas de márquetin municipal destinadas, por un lado, a mantener el nombre de Barcelona en las agendas globales y, por otro, a intentar paliar una situación, de las tiendas de barrio, que fueron en primera instancia las perjudicadas por años de políticas contrarias mientras hacer ver, además, que hace alguna cosa.
La otra de las acciones puede llamar aun más la atención. Se trata de la presentación de la candidatura (otra) para ser reconocida como Capital Europea de la Navidad 2026. La distinción, que es otorgada por la Fundación Iberoamérica Europa y cuenta con el respaldo del Parlamento Europeo, persigue reconocer a aquellas ciudades que promuevan los valores ‘de la diversidad y la cultura, en especial las diferentes variedades de Navidad que han trascendido en todo el mundo’. No obstante, a ninguno le sorprendería saber que lo que el Ayuntamiento de Barcelona pretendería con tal reconocimiento no es otra cosa que impulsar aun más la ascendencia internacional de Barcelona mediante la ampliación de la campaña turística y la ruptura definitiva de la estacionalidad hotelera. Barcelona no se ha distinguido nunca por promover ningún tipo de variedad de Navidad, de hecho, los símbolos de dichas fechas cada vez tienen menor presencia en lugares tan emblemáticos como la Plaça Sant Jaume, aunque sí ha perseguido, y tampoco ha respaldado enormemente la diversidad y cultura, y si no que se lo pregunten a los manteros que se ven perseguidos durante aquellos días por la Guardia Urbana local cuando tratan de vender su mercadería. Se trata de una cuestión meramente económica que, llegados a este punto, quizás merezca una pequeña explicación teórica.
El sistema capitalista es un conjunto de prácticas e ideas sociales y económicas cuyo eje principal está soportado por el trinomio dinero, trabajo y mercancías. A través de un proceso sustentado en unas determinadas relaciones de producción definidas por el trabajo como factor productivo, se generan una serie de bienes que realizan su valor en el mercado en forma dineraria. El empresario coge parte de ese dinero y lo vuelve a introducir en el sistema manteniendo el proceso en marcha. El resto se queda como beneficio particular. Así, el dinero -la inversión- genera mercancías -los bienes- que vendidos vuelven a generar dinero y, por tanto, más beneficios e inversión. El peligro estriba en que los beneficios no sean los suficientemente sustanciosos como para que el empresario considere seguir manteniendo el mecanismo en marcha. Si los rendimientos bajan, el sistema acaba por caer. A esto se le llama crisis de sobreacumulación. Esto puede soslayarse a través de numerosas prácticas, como las innovaciones organizativas y tecnológicas. Lo que pasa es que, en un contexto de alta competencia de mercado, la ventaja organizativa y tecnológica inicial siempre acaba por desaparecer. Existe otra posibilidad, la depreciación salarial o la precarización del trabajo. Pero esto, al final, cuenta con unos límites (convenios, SMI, etc.) por lo que son necesarias otras soluciones. Es aquí que aparecen aquello que el geógrafo y antropólogo británico Davsid Harvey denominara los límites del capital. Para Harvey, para superar estos límites solo es posible dos determinaciones: uno el crecimiento espacial, esto es, la expansión del ámbito productivo y la mercantilización global y dos la aceleración de la circulación del capital, es decir, el incremento en la velocidad del trinomio anteriormente señalado. Si el beneficio cae siempre puede aumentar no por una mayor valor/precio de los productos en el mercado, sino por una mayor cantidad de productos producidos. Y esta es la solución por la que ha optado Barcelona.
La capital de Catalunya lleva décadas inmersa en una dinámica de especialización económica centrada no en la producción de mercancías, sino en la de servicios, concretamente, servicios turísticos. La ventaja de los servicios turísticos frente a las mercancías clásicas son muchas pero nos detendremos en dos: son más baratos de producir y existen muchos más clientes potenciales, solo hay que mantener el mercado continuamente en funcionamiento, esto es, romper la estacionalidad turística. La Capitalidad Europea de la Navidad no tiene nada que ver con valores de diversidad, cultura o celebración, sino con el mantenimiento de los hoteles locales en funcionamiento los 365 días del año, esto es, con la aceleración de la circulación del capital. Los inconvenientes de esta estrategia de solución de los problemas de sobreacumulación son principalmente dos. El primero es la especialización productiva, es decir, el peligro de que Barcelona sea sólo y exclusivamente una ciudad turística, con todo lo que eso supone (muy recomendable el último estudio de las profesoras Libertad González y Tanya Surovtseva al respecto). Y dos, el mantenimiento a bajo coste del factor fundamental en los procesos productivos de servicios turísticos, esto es, la fuerza de trabajo de los y las trabajadoras. No por otra cosa, del total del valor añadido generado por el turismo solo el 20% se transforma en salarios.
La Navidad cuenta, además, con un aliciente que lo hace especialmente atractivo para el fetichismo de la mercancía: su carácter simbólico que hace complicado elaborar críticas aceradas al respecto. Sin embargo, no por ello podemos dejar de olvidar lo que supone una estrategia que aglutina a Collboni, la Navidad y los límites del capital: la del empobrecimiento y crecimiento de la desigualdad de los vecinos y vecinas de Barcelona.


