En el mes de abril de 2019, el documentalista Clemente Bernad fue condenado a un año de prisión a raíz del documental A svs muertos. El delito, descubrimiento y revelación de secretos por colocar una cámara y un micrófono en la Cripta del Monumento a los Caídos de Pamplona, donde, supuestamente, se celebran misas que “humillan tremendamente la memoria de las víctimas del alzamiento”.
La Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, fundada en 1939 por excombatientes requetés, en honor al coronel Sanjurjo, es el grupo que usa la cripta para celebrar misas mensuales en el monumento. El documental de Bernad es una pieza que busca la reflexión sobre dicho espacio, “un castigo perenne a las familias de las víctimas”, del que muchos ciudadanos pamplonicas no conocen la historia. Y revelar lo que sucedía en las misas era parte de la misión de Bernad.
Así, junto con su mujer, Carolina Martínez, coautora del documental, decidieron registrar una de las misas, pero los aparatos de grabación fueron descubiertos antes. La policía relacionó al documentalista con los dispositivos y ahí empezó el periplo judicial. “La Fiscalía me acusa de vulnerar el derecho a la intimidad, pero para mí pesa más el derecho al interés general”, apunta Bernad, que cree que el sistema judicial debería proteger a los ciudadanos de cualquier exaltación del fascismo, aunque éstas se den en espacios privados. “¿Qué pasa, que si a ti te violan en el salón de tu casa, que es un espacio privado, deja de ser un delito?”, reflexiona.
Clemente Bernad visitó Barcelona a finales del pasado año para proyectar su documental en el marco del Festival de Cinema i Drets Humans de Barcelona.
En una entrevista con el Diario de Navarra decías que te parecía increíble la “facilidad pasmosa” con la que el sistema judicial se dedica a juzgar a artistas.
De lo que más me llamó la atención fue el comportamiento de la Fiscalía. Una asociación memorialista, un mes antes de la vista oral, presentó un escrito apuntando a que esas misas podían ser constitutivas de delito. Hay un montón de leyes nacionales e internacionales contra la humillación de las víctimas de genocidio. Es algo de sentido común, pero la Fiscalía responde en tres días diciendo que esas misas están protegidas por la libertad de expresión y de culto. Y eso mismo fue lo primero que me dijo la fiscal en empezar el juicio: que me quedara claro que las misas eran perfectamente legales.
Fue en ese momento cuando tuve claro que aquel juicio no se ganaba. Si la Fiscalía es un órgano regulado por la Constitución que debe defender a los ciudadanos, ¿cómo es posible que permitan la celebración de unas misas que humilla a las víctimas de una forma tan flagrante? Presentamos un montón de firmas de familiares de víctimas del 1936, que se sentían humilladas. Hablamos de miles de personas, de toda una sociedad que se siente humillada, pero la jueza nos revocó las firmas. Los únicos que no se sienten ofendidos por estas celebraciones son una minoría recalcitrante, defendida por la Fiscalía.
¿En qué consisten estas misas?
Se celebran cada día 19, día del alzamiento en Pamplona. No sabemos en qué consisten, pero la hermandad dice que son misas. ¿Y si es otra cosa? Unas celebraciones en una cripta con simbología golpista, delante de los cuerpos de Mola, Sanjurjo, voluntarios requetés…gente que sabemos que se ponen capas pardas, boinas rojas…simbología extraña. Eso no parecen misas normales. Sea como sea, me gustaría saberlo, porque el edificio es de titularidad pública, aunque la cripta esté en usufructo. Mi intención era esa: descubrir qué son esas misas, porque no son abiertas al público, aunque la hermandad dice que cualquier navarro puede asistir.
Pero, no se puede
No. A pesar de ser un edificio público, es un acto privado. Es un delito que se comete en privado. Pero da igual: no tengo mucha idea de estas cosas, pero si te violan en tu casa, ¿qué pasa? ¿que como es en un espacio privado ya no es delito? ¿Qué más da que sea en un espacio privado que en uno público? Eso de que se pueda hacer apología del fascismo, siempre que sea en privado…
Y vosotros decidís contarlo
El documental, en realidad, se hizo para ser proyectado en unas jornadas sobre el monumento. Por eso es tan narrativo. Pusimos las cámaras y los micros y cuando fuimos a recogerlos ya no estaban. No sabíamos quién había sido, así que, por si acaso, nos callamos y proyectamos el documental como si no hubiera pasado nada. Fue poco después cuando empezó todo el asunto policial.
Y ¿cómo se os relaciona con esas cámaras?
Esto es de risa, pero la policía dice que oyeron nuestras voces en el documental que se proyectó en las jornadas y que, cuando intervinieron los aparatos, compararon las voces que se oían mientras colocábamos las grabadoras y me identificaron. Pero creemos que hubo una intervención policial muy irregular. Sólo pudimos oír los audios, que se aportaron al juicio, pero las imágenes no las hemos visto. Seguro que se veían cosas que no querían que se vieran.
¿Vais a reclamar las imágenes?
Yo reclamé y conseguí los aparatos. Como digo, el audio se aportó al juicio, y se oye que se retiraron las grabadoras antes de que se diera misa alguna. Pusimos las grabadoras la tarde anterior de la celebración de la misa y por la noche de ese mismo día, ya las habían retirado. Todo fue muy rápido; incluso en los audios se oye como alguien entra en la sala, va directa al micrófono y dice ‘no van a conseguir nada’.
Se te llega a pedir pena de cárcel
Me lo tomo con desolación absoluta, pero al mismo tiempo no me da la gana acatar: no quiero entrar en el juego jurídico. No me gusta este sistema judicial y me veía en una partida de cartas a la que no quería seguir jugando. No quería recurrir a la Audiencia Provincial y que me condenaran también, porque son todos los mismos. Y esa segunda condena hubieran sido 6.000 euros más. Y al Supremo 20.000. Paso; si me condenáis por algo que no comparto, aquí se acaba el juego.
El delito que cometes es atentado contra la intimidad. ¿Conocíais el riesgo al poner las cámaras y micrófonos?
Lo dije en el juicio: el derecho a la intimidad es un derecho fundamental, pero contrapuesto por otro que es el interés general. Creo que en este caso el interés general pesa más que la intimidad, porque estas misas celebradas por gente que dio un golpe de estado que mató a 3.500 personas en Navarra y provocó una guerra civil humillan a las víctimas. Si eso no es de interés general, yo no sé qué va a ser. La jueza dijo que lo que sucede en esa cripta es como lo que sucede en nuestro salón: está protegido por el derecho a la intimidad de estas personas.
Se habla poco del documental en sí, se habla más de la polémica. Pero ¿por qué lo tituláis A sus muertos?
Forma parte del nombre del monumento, que es ‘Navarra a sus muertos en la cruzada’. Dentro de las famlias del golpismo en Navarra dominaba el carlismo. En la lingüística carlista, el término usado es ‘muertos’; pero no llega a prosperar y se acaba asentando el término falangista de ‘caídos’. Todos los monumentos en el Estado Español son a los caídos, como el Valle. Pero en Navarra no. Son ‘sus muertos’ los que están protegidos, por una transición que no se hizo bien, que protegió sólo a sus muertos, a su ejército y a su monarquía.
Para explicar el impacto del monumento en la ciudad usamos la metodología de la psicogeología: exploramos el entorno urbano para ver cómo las diferentes capas de pasado y presente se superponen y afectan a la gente. Lo hicimos con entrevistas y algún experimento. Por ejemplo, usamos el discurso que hizo Franco en el 1952, cuando vino a visitar el monumento, y se lo hacemos leer a 9 mujeres migradas. Las ideas de ese genocida fascista son leídas por mujeres vulnerables que hacen aflorar las contradicciones que se dan al juntar el pasado con el presente.

La mayoría de gente no sabe lo que es, como en muchos otros lugares. Por eso, los debates sobre qué se debe hacer con este tipo de sitios o monumentos están muy atropellados. Yo soy partidario de demoler el monumento de Pamplona. Los lugares de memoria, en los que se ha matado, se ha sufrido, hay que mantenerlos. No se puede eliminar un campo de exterminio nazi, hay que usarlo para luchar contra lo que se hizo ahí. Pero un monumento que simplemente conmemora un genocidio, sólo es un castigo que te ponen en medio de la ciudad para escarmentarte. Es una humillación constante. ¿Cómo resignificas un monumento así?
Navarra es particular, porque no hubo frente de guerra
Pero sí hubo una matanza. Sí que es un caso particular, porque tuvo 20.000 voluntarios requetés y 25.000 combatientes. Cualquiera en Navarra tiene algún familiar que lo fue. Hace pocos años, el Gobierno de Navarra sacó la lista de los 45.000 combatientes del bando sublevado. Había no pocos líderes de la izquierda abertzale con abuelos requetés. Con esta historia, hagas lo que hagas, tocas piezas que a la gente le duelen. Por eso hay silencio.
Y, ¿los otros muertos?
Los otros muertos, los nuestros, están desprotegidos. Sin políticas estatales eficaces, sin judicialización de los casos. Dependiendo de voluntarios, de leyes de memoria insuficientes, con promesas electoralistas que luego no se cumplen. En este país, que no sabe solucionar las cosas, siguen miles y miles de personas en las cunetas.
¿Es la primera vez que trabajabas sobre este tema?
Llevo años trabajando sobre cuestiones de memoria. Genuínamente soy fotógrafo y en los 2000 empiezo a trabajar sobre las exhumaciones a saco. Publiqué un libro con 10 años de trabajo en él. Por eso, la historia de este documental me ha sentado tan mal. Pero lo peor de todo es que no es la primera vez que me pasa; ya tuve un problema tremendo hace 12 años y también pensé que me iba a la cárcel.
Estuve 15 años haciendo reporterismo sobre el conflicto vasco. El museo Guggenheim organizó una exposición para celebrar su 10º aniversario; me propusieron participar y presenté fotografías sobre el conflicto. El detonante fue una foto de Miguel Ángel Blanco, del día que le mataron. Fui al hospital y, estando todavía él vivo, bajo un médico a donde estábamos todos los periodistas y nos enseñó una radiografía de su cabeza, atravesada por dos balas. Es una foto brutal: la violencia en estado puro pero sin ver la carne. Pedí permiso a la Fundación Miguel Ángel Blanco para exponer la foto y me dijeron que si lo hacía, vendrían a por mí.
Así que quitamos aquella foto de la exposición, que se inauguró y, al día siguiente se desató una campaña de acoso contra mí. Me acusaban, ya no de apología del terrorismo, sino de terrorista mismo. ¿Cómo podía yo tener esas fotos del conflicto si no era yo uno de ellos? Aquello fue como si a Miguel Ángel Blanco lo hubiéramos matado ETA y yo mano a mano. Llegó a haber una proposición no de ley en el Parlamento Vasco contra mí, manifestaciones ante el Guggenheim…Aunque, visto en la distancia, la proposición no de ley, es como una especie de medalla que me cuelgo ahora, porque me la puso Santiago Abascal cuando era parlamentario del PP.
Aquello acabó conmigo; personal y profesionalmente. Y luego vino esto…Las cosas que yo hago duelen. No gusta que ataque el monumento carlista de Pamplona como no gustan mis fotos de los entierros de los miembros de ETA muertos por la Guardia Civil. Son imágenes que no entran en las categorías de ciertas personas, que no entienden cómo un asesino puede tener quien llore por él.
Cuando haces periodismo o documental mirando lo que tienes más cerca es cuando arriesgas. Puedes irte a África a hacer lo que quieras, pero no habrá repercusiones. Pero si lo haces cerca, a alguien vas a joder.


