La noche del sábado 18 se celebró la 17ª edición de los Premios de la Academia del Cine Catalán (Premis Gaudí). Los discursos de los galardonados no sorprendieron a nadie, pero nos dejaron algunos mensajes que nos tenemos que seguir recordando día a día.
Els Premis Gaudí fueron un absoluto éxito para la Casa en flames y El 47. De hecho, al respecto de esta última escribí un artículo hace ya algunos meses. En dicho escrito, de hecho, comentaba lo doloroso que aún resulta para muchas personas reapropiarse del término charnego, pues hay mucho sufrimiento en su concepción. En esta clave, el actor protagonista de esta historia, Eduard Fernández, recoge el galardón a mejor actor y en su discurso lanza un alegato a favor del acceso a la vivienda y de la reducción de la avaricia y la especulación en el terreno inmobiliario. Sin embargo, la apelación a la conciencia individual del problema, a la renuncia a la codicia por parte de cada uno de nosotros/as, no deja de ser un grito moral pero que, como a ciencia cierta estamos sabiendo, parece de difícil concreción: hace falta algo más o, más bien, algo distinto para cambiar las cosas.
Pero entonces aparece en escena Eduard Sola, guionista de la Casa en flames, y recoge el premio a mejor guión original. Al hacerlo, lanza un discurso que algunos leerán como esa reivindicación del charneguismo anteriormente mencionada pero que, en realidad, es mucho más que eso. Su abuelo era secretamente analfabeto y ahora él se gana la vida escribiendo. Lo era secretamente porque en él había, como siempre solía ocurrir, rubor y vergüenza, aún cuando no había responsabilidad directa de los afectados. Hay quién podría leer este discurso en clave neoliberal-meritocrática: el esfuerzo individual, generación tras generación, por mejorar sus condiciones y su posición social a través del estudio, el trabajo y la dedicación. Por supuesto, nadie le negará a Sola (y a otros tantos), el esfuerzo y el mérito individual y la manida lucha por sus sueños. Pero el discurso no iba encaminado por ahí. El propio Sola se preocupó de aclararlo.
El protagonista del discurso nos comentó que podría haber leído el premio como una venganza, pero que había preferido no hacerlo así. ¿Cómo una venganza para con quién? Una venganza contra quiénes llenaron de dolor la migración de tantos y tantos andaluces y extremeños a Cataluña durante los años 50 y 60 del siglo XX. Efectivamente, tal y como nos mostraba el propio Manolo Vital en El 47, había muchas razones para estar agradecido, para “integrarse” y familiarizarse con la cultura y la lengua de tan bonito y próspero lugar de acogida. Pero a su vez, había las reticencias asfixiantes de la xenofobia, el victimismo y el clasismo, entre otras variables que suelen auspiciar el rechazo anti-inmigratorio.
A menudo, desde una parte de Cataluña, que las élites burguesas inflamaban a placer y de forma interesada, se entendía todo este movimiento migratorio como un castigo del franquismo y una forma de soterrar la catalanidad (paradójicamente, o no tanto, bastantes años después los hijos y nietos de este “peligro” engrosaban la vanguardia del movimiento independentista).
No obstante, decíamos que el propio Sola no entendía su premio como una forma de resarcimiento vengador. Y, yo con él, creo que tampoco debe ser leído así. Entonces, ¿qué sentido tiene hacer mención al padecimiento? ¿Es una forma de echar en cara lo ocurrido? ¿Una pataleta y ya está? Estimo que no. Es un error pensar que Sola estaba hablando solamente del pasado cuando, de forma explícita, estaba hablando, sobre todo, del presente: los mismos discursos xenófobos e invisibilizadores que antaño se dieron con unos, se están dando hoy en día con otros.
En el pasado, a pesar de la proliferación del caldo de cultivo que fomentaba algunos recelos , los esfuerzos orientados a la cohesión social a través de una educación pública de calidad, una sanidad universal y un (relativo) fácil acceso a la vivienda permitieron a tantas y tantas familias asentarse y prosperar.
A día de hoy, al caldo de cultivo con tendencias xenófobas (y que se está observando en buena parte del mundo) se le suma una enorme y creciente desconfianza respecto a lo público, un acceso a la vivienda cada vez más arduo y una sensación generalizada de que, de alguna manera, el ascensor social se ha roto. Estos factores añadidos no hacen sino retroalimentar la máquina del miedo que es la xenofobia, haciendo crecer el monstruo del discurso anti-inmigración. Y esto es extraordinariamente peligroso. El progreso social no es un destino, no es una inercia, la historia no avanza ciegamente a la mejora de las condiciones materiales y de vida de las personas sino que, para que así sea, se debe remar en esa dirección. Como sociedad, no a lo Llados style.
Lo de Eduard Sola no debe leerse como una historia de superación personal sino como la posibilidad de que una sociedad se sobreponga a ciertas inercias reaccionarias para construir un futuro mejor para todos y todas: con esfuerzo, sí, pero con un esfuerzo que no caiga en saco roto.
Que tengamos más Manolos Vitales, pero no por el placer de cosechar héroes trágicos, sino como señal de que merece la pena luchar por un mundo que nos escucha y nos devuelve la mirada.


