“Pero un amigo de la humanidad con vacilantes principios morales en un antropófago de la humanidad”, sostiene Lébedev, personaje de Dostoievski en El Idiota. Al observar la toma de posesión de Donald Trump el pasado 20 de enero no pude evitar recordar este fragmento. Ahí estaban los mandamases y/o fundadores de Meta, Amazon, Alphabet (Google) o Tesla, entre otros. De Musk nadie se podía sorprender: hace ya bastante tiempo que se involucró de forma directa en la campaña de Trump y, de hecho, va a tener responsabilidades en el Departamento de Eficiencia Gubernamental. En el caso de algunos otros, como Bezos o Zuckerberg, quizás pueda sorprender más: el fundador de Meta fue amenazado por el propio Trump con “meterlo en la cárcel de por vida”, mientras que Bezos no tuvo una buena y fluida relación con Trump durante su primer mandato, pues la adquisición del Washington Post lo situaba en la órbita progresista/demócrata. Entonces, ¿qué ha sucedido para que se produzcan estos cambios?
Si recapitulamos, en 2016 Trump ganó por primera vez y esto fue bastante sorpresivo para la mayoría de las élites económicas del país. Este hecho fue considerado algo extraño, excepcional y pasajero, un outsider que no era sino un berrinche de la sociedad y que, más pronto que tarde, pasaría sin pena ni gloria.
Sin embargo, 2024 ha sido distinto. Después de sortear sus múltiples acusaciones y problemas legales, Trump llegó a las elecciones y las ganó de forma clara y contundente. No, ya no parecía un fenómeno pasajero o solo un berrinche, había algo que se había consolidado en su movimiento político. Su anterior mandato y los cuatros años posteriores de enfrentamiento con la administración Biden lo fueron consolidando y transformando en un político profesional.
Ante esta segunda victoria las élites económicas mencionadas ya estaban mucho más preparadas. Así, en vez de quedarse a la defensiva y verlas venir, algunas figuras importantes decidieron que era importante ir posicionándose. No se trataba ahora de tolerar al presidente de turno hasta donde fuera posible sino, más al contrario, hacer valer el poder creciente que habían ido acumulando: influir en las decisiones del futurible presidente para que no solo no les obstaculice sino que, en la medida de lo posible, les beneficie. Al fin y al cabo, las 7 magníficas (las siete compañías más capitalizadas de la bolsa de los EEUU) tenían ya una gran ascendencia sobre la sociedad norteamericana y sobre buena parte del mundo: datos de consumo, gustos y preferencias personales, ideología política, etc.
Mark Zuckerberg es el fundador de Meta, que posee Facebook, Instagram o WhatsApp. Jeff Bezos está detrás de Amazon, etc. Y Musk, que de alguna forma sabía que a pesar de su enorme riqueza se encontraba en cierta desventaja en el conocimiento de lo social, adquirió Twitter por 44.000 millones y lo transformó a su imagen y semejanza (X). ¿Hay algo que no puedan saber de la ciudadanía?
Durante largo tiempo se nos instó a confiar en las emergentes compañías tecnológicas pues estas prestaban servicios de crucial importancia que nos permitían comunicarnos mejor, comprar mejor y, en definitiva, vivir mejor. Estábamos ante los adalides de la innovación, ¿quién en su sano juicio les pondría límites?
Decía Milei hace ya algún tiempo que Musk se levantaba por la mañana pensando en “¿qué problema le puedo solucionar a la humanidad?” Sí, el mismo Elon Musk del que hemos tenido la reciente polémica sobre si hizo o no el Sieg Heil durante la inauguración de la presidencia de Trump. A decir verdad, que lo hiciera o no quizás no tenga tanta importancia como el hecho de que realmente nos parezca verosímil o plausible que pudiera haberlo hecho, tal y como comentaba jocosamente el cómico Miguel Campos Galán.
En todo caso, el gran problema de querer salvar a la humanidad es, ¿a qué humanidad nos estamos refiriendo? ¿A toda la población que está en situación administrativamente irregular en EEUU y que durante los próximos cuatros años será aún más precarizada y explotada bajo la amenaza constante de deportación? ¿A las mujeres que temen no poder abortar si lo requieren? ¿Al colectivo LGTBI que está siendo criminalizado bajo el pretexto de estar “ideologizando” a la sociedad estadounidense? Este último caso es especialmente llamativo: al parecer estos adalides de la libertad no están “ideologizados”, defienden aquello que es de sentido común (aunque, tal vez, tal y como sostenía Descartes, este sea el menos común de los sentidos). Se me ocurre que quizás llevarnos a Marte para hacer lo mismo que hicimos con este planeta no sea exactamente lo que la humanidad necesitaba… Aunque, claro está, ellos deben saber mejor que nosotros lo que nos conviene en cada momento.
Hay quién dice que debemos entender los virajes de estos magnates, de esta nueva forma de oligarquía pues, al fin y al cabo, ellos no son de derechas ni de izquierdas, sino del poder. Esta es una verdad a medias, pero de la que se puede sacar punta: quizás debamos admitir que los derechos de los demás, así como los problemas que puedan solucionarles, están supeditados a su beneficio e interés particular. Una verdad obvia pero incómoda, y a la que tal vez se esté llegando un tanto tarde.
Así, como sostenía Lébedev, no debería extrañarnos que aquellos que no tienen principios ético-morales (o ideales políticos) sólidos, acaben convirtiéndose en antropófagos de la humanidad: insaciables hasta decir basta.


