Después de un conflicto que se inició con un ERE en febrero del 2024, el 14 de marzo los trabajadores llegaron a un acuerdo “favorable” en el sentido de que la empresa liquidará a los empleados pagándoles a los menores de 55 años, 53 días con un máximo de 33 mensualidades, y a los mayores de 55 años, planes de renta en dos tramos. Entre tanto, los activos permanecerán en las instalaciones de la planta, a la espera de que de pronto llegue una empresa que se dedique a la fabricación de botellas y quiera adquirirlos.
Durante generaciones, padres, hijos y nietos habían encontrado en esta empresa un lugar de trabajo, una comunidad y una tradición familiar. Ejemplo de ello es *Josep, quien dedicó más de 40 años a la empresa. Su padre y su abuelo también formaron parte de la plantilla, representando tres generaciones consecutivas dedicadas a la vidriería. Trabajo con el que dieron sustento a sus familias durante todos esos años. Sin embargo, en 1993 empezaron una serie de cambios en la propiedad de la empresa y con ellos, también se dieron cambios estructurales que, poco a poco, fueron afectando a las condiciones laborales de los trabajadores. Por ejemplo, la empresa implementó una política que prohíbe la contratación de familiares, rompiendo con una tradición que, según los trabajadores, había fortalecido los lazos comunitarios y la transmisión de conocimientos especializados de generación en generación. Argumentan que, para ellos, el vidrio es un oficio y un arte.

“Antes en la vidriería – explica Josep – trabajábamos de padres a hijos, había primos, amigos, de todo. Últimamente, la empresa estableció la norma de que no querían ni familiares, ni amigos, ni hijos, nada. Entonces, ser hijo de alguien se convirtió en el camino más corto para no ser admitido en la empresa. Y cada vez teníamos menos beneficios; por ejemplo, durante varios años regalaron los lotes de Navidad, pero a partir del 2008 lo dejaron”.
La multinacional y el despido masivo
En febrero de este año, la multinacional estadounidense Owens-Illinois, actual propietaria de la Vidriería Rovira, anunció el cierre de la planta y el despido del 95% de su plantilla. Una decisión que dejó en vilo a 168 trabajadores y sus familias. La empresa cerró los hornos y decidió trasladar la producción a Francia. Una decisión que pilló a todos por sorpresa. “La empresa lanzó un ERE en 2024. Primero nos dijeron – cuenta Josep – que solo nos afectaba hasta el mes de octubre, pero de repente nos dijeron que no, que hasta abril, aunque nos dieron esperanzas de que la empresa iba a continuar. A la gente no le gustaba, porque claro, en el paro no se gana el mismo sueldo. Lo aceptaron porque no había más remedio. Y de repente, en enero anuncian a traición, que cierran porque la empresa no es rentable”.
El pasado viernes llegaron a un acuerdo “favorable” en el sentido de que la empresa liquidará a los empleados pagándoles a los menores de 55 años, 53 días con un máximo de 33 mensualidades, y a los mayores de 55 años, planes de renta en dos tramos. Entre tanto, los activos permanecerán en las instalaciones de la planta, esperando a que de pronto llegue una empresa que se dedique a la fabricación de botellas y quiera adquirirlos.
Josep afirma que fueron más de 168 las familias afectadas, ya que también hay proveedores y conductores. Sindicatos y representantes políticos han manifestado su desacuerdo con el cierre y han destacado, la rentabilidad y viabilidad de la planta, pero los trabajadores han vivido meses de incertidumbre y desesperanza.

El acuerdo del cierre y las indemnizaciones no les trae plena tranquilidad a los más de 168 trabajadores. Ya es un hecho el fin de la Vidriería Rovira, la empresa que durante generaciones fue su medio de sostenimiento. Ahora, enfrentan el desafío de encontrar un nuevo empleo, una situación especialmente preocupante para muchos, ya que superan los 50 años de edad y, a pesar de su amplia experiencia, no será una tarea sencilla.
“Mire usted, todos están muy tensos, anímicamente ha tocado mucho a la gente, porque hay muchos que estaban en el paro desde agosto. Y bueno, claro, ya son meses de cobrar poco. No es lo mismo tener un sueldo – insiste Josep – que estar en el paro, ver cómo se te va reduciendo el tiempo que te queda de prestación, de cobertura social. Y encima, cuando ya estás bastante baqueteado y tus ahorros ya han desaparecido bastante, que vengan y te digan que cierran”.
Josep, con tantos años de haber trabajado en Vidriería Rovira, está seguro de que la empresa no iba mal y que todo esto es el resultado de intereses comerciales que pagan los trabajadores sin ninguna consideración. Recuerda con nostalgia que esa empresa llegó a tener cerca de 500 trabajadores, haciendo horas extras, porque era tal la producción que así se requería; hasta 1993, cuando todo empezó a decaer. “Ese año estuvimos seis meses sin cobrar. Una vez que cobramos los atrasos, parecía que la cosa se recuperaba y de repente volvimos a estar otros seis meses sin cobrar, porque la empresa quiso implementar un nuevo plan, en el cual nos quitaron un 20% del sueldo y otro 20% nos lo pusieron como prima, a producción. Todos, desde el oficinista hasta la última persona. En aquel momento despidieron a cerca de 300 personas”.
La situación de la Vidriería Rovira refleja una tendencia preocupante en el sector industrial, donde decisiones corporativas buscan maximizar beneficios a corto plazo, a menudo en detrimento de las condiciones laborales. Los trabajadores lucharon por la conservación de sus puestos y por la importancia de mantener viva una empresa que ha sido parte esencial del tejido económico, familiar y social de Barcelona durante más de un siglo.

“Aquí en Cataluña, nosotros toda la vida habíamos elaborado muchísimos productos de vidrio para cercanías y grandes empresas de Europa. Pero ahora todo da igual, nuestras botellas no valen para nada. Hemos pasado de ser una empresa con una buena cuota de mercado a ser algo residual”, concluye Josep.
*Josep es un nombre ficticio por solicitud del entrevistado.


