En junio de este año se gestó un movimiento de protesta en EEUU ante la deriva autoritaria de Donald Trump. A la vista de los recientes acontecimientos, en los que incluso la otrora sacrosanta libertad de expresión se está viendo amenazada, la chispa ha prendido y en diferentes ciudades de los EEUU se ha expresado la queja e indignación contra el actual presidente de los EEUU. Le acusan de actuar como si fuera un rey. ¿Pero por qué esta acusación tiene una carga simbólica tan grande para el ciudadano estadounidense?
En 1776, EEUU se independizó de Reino Unido (aunque este no reconoció a la nueva potencia hasta 1783). Para consolidar los cimientos de la nueva nación los padres fundadores se inspiraron, en buena medida, en la Antigua Roma. El modelo senatorial, la nomenclatura empleada, el fundamento del Estado de derecho, etc. Todo un conjunto de elementos que propiciaron que EEUU se quisiera ver a sí misma como una nueva Roma (que no como la refundación de Roma, a la que no solo le separaría un enorme trecho temporal, sino una cosmovisión política, social e ideológica sustancialmente diferente de la pretérita Roma).
En cierto sentido, EEUU se veía como una prolongación hiperbólica y la última expresión -la más pulida- de la tradición occidental, por lo que las influencias y referencias, por ejemplo, a la Grecia Clásica también eran relevantes. Sin embargo, con Roma había una clara predilección. ¿Pero a qué se debía esta fijación?
Es fácil imaginar que en Roma se veía un modelo de dominio a través de la expansión territorial y cultural que alimentaba esa pulsión tan patriarcal de gozar viendo testosterona rebosante por doquier (“¿Quién no piensa a menudo en el Imperio romano?”, que dirían algunos). No obstante, aunque este aspecto no se puede desdeñar, pues al fin y al cabo no es sino a través de este mismo proceso de dominio que la influencia romana se tornó tan relevante y determinante para Occidente, hay una cuestión que no se puede pasar por alto y que es crucial: la figura del rey.
En el año 509 aC los romanos destierran a Tarquinio el Soberbio, el último rey de Roma. A partir de ese momento, Roma será una República, el poder residirá en el Senado y aunque el modelo distará mucho de ser abierto y democrático, un principio rector se consolidará: ningún hombre podrá eternizarse en el poder ni ejercer este mismo de forma autoritaria y complaciente con sus intereses privados. A este fin, el nuevo modelo romano acotará muy claramente la extensión de los mandatos de los cónsules e incluso esta limitación temporal afectará a la figura del dictador, a la que se recurrirá solo en casos de emergencia para primar la celeridad en el gobierno (pues el dictador podrá eludir en buena medida al Senado durante su excepcional mandato). En este contexto, la peor acusación política que ningún ciudadano de Roma podrá recibir es la de tratar de querer ser rey o, lo que es lo mismo, la de querer volver a la tiranía política y el capricho personal.
Volviendo a EEUU, la independencia surge como un movimiento de autonomía de un pueblo que no solo quiere gobernarse a sí mismo, sino que no está dispuesto a seguir bajo la opresión del rey de Inglaterra. Así, los padres fundadores de los EEUU se inspiraron en Roma y, de forma especial, en la República Romana porque, de alguna forma, se observó en el paso de la Monarquía a la República un anhelo similar al de la nueva nación americana: un movimiento para gobernarse a sí mismos, sí, pero poniendo siempre el énfasis en que es un movimiento para desprenderse no de un rey concreto, sino de la misma idea (tiránica) de rey.
Por lo tanto, cuando en las recientes protestas se ha marchado bajo el lema “No kings” se entiende que el temor que se manifiesta es de raíz profunda para el ciudadano estadounidense. Y aunque Trump solo haya sido capaz de contestar mofándose de los manifestantes arrojándoles heces en un vídeo hecho por IA, la preocupación persiste.
De igual manera que se le resta importancia ahora a esta deriva autoritaria y, de alguna manera, se piensa que se está exagerando en la protesta, en su momento Octavio Augusto también trató de lidiar con una situación que se nos antoja extrañamente familiar: Roma no quería ningún rey, no iba a aceptar un rey, así que, si la situación política iba a cambiar, no podía parecer que Augusto era un rey. Así nace el Principado, la figura del “primus inter pares”. El Senado continuaría ejerciendo formalmente sus funciones pero, en la práctica, Augusto comenzó a concentrar buena parte del poder en su persona y en un mandato que ya no tenía fecha de caducidad. Con el tiempo, los sucesores de Augusto fueron progresivamente quitándose la careta, el culto al emperador se tornó norma y aunque nunca ninguno se hizo llamar rey, Roma se traicionó a sí misma. La República terminó, pero nadie lo vio en su momento. Porque nada es fácil de ver sin la perspectiva del paso del tiempo. Y para cuando se quiere hacer algo al respecto… A menudo, se llega tarde.


