Había muchas Annas Balletbó públicas a la vez: periodista, profesora universitaria, diputada, militante socialista, feminista, fundadora de instituciones, impulsora de proyectos solidarios y, sobre todo en los últimos años, empresaria. Pero, por encima de todo, fue una mujer valiente y libre, convencida de que el cambio no llega solo: hay que construirlo desde la responsabilidad personal. Su compromiso no fue abstracto ni retórico, ni hecho de grandes palabras o titulares vacíos. No esperaba que las cosas ocurrieran; las hacía ocurrir. Y lo hacía con una energía vital que contagiaba incluso a los más escépticos. Su energía y su tenacidad se convertían en una fuerza transformadora, capaz de unir personas e ideas diversas en un mismo propósito: mejorar el mundo.
Poseedora de cuatro licenciaturas, su feminismo no era de despacho ni de proclamas solemnes. Era un feminismo arraigado en la realidad, práctico, basado en la convicción de que había que cambiar la vida de las mujeres de manera concreta, inclusiva y dialogante. Contribuyó decisivamente a las Jornadas Catalanas de la Mujer de 1976, un acontecimiento histórico que reunió a miles de mujeres en plena transición democrática: un clamor por la igualdad y la presencia pública. Con rigor, pasión y talento, Balletbó ayudó a dar voz a una generación que reclamaba su lugar en una sociedad en transformación.
Desde el PSC, donde militó, luchó incansablemente para que las mujeres tuvieran un espacio real en la toma de decisiones. Impulsora de las cuotas femeninas en los órganos de dirección del partido —una medida pionera entonces que hoy se ha extendido por todas partes—, su mérito no fue solo el resultado, sino la manera en que lo logró: con argumentos sólidos, convicción y una visión clara de que la igualdad no es un favor, sino una necesidad democrática esencial.
Uno de los episodios más emblemáticos y conocidos de su vida tuvo lugar durante el intento de golpe de Estado en el Congreso de los Diputados en 1981. En un momento de máxima tensión, cuando la democracia española pendía de un hilo, se enfrentó a los golpistas exigiendo salir del hemiciclo dado su embarazo. Fue la primera diputada en hacerlo… para ponerse inmediatamente a trabajar para que la situación se resolviera, un gesto que reflejaba perfectamente su manera de entender la política: con coraje, pero sin dramatismos; con serenidad, pero sin resignación. Aquel acto fue mucho más que un gesto de valentía: fue una demostración de la necesidad de defender los valores democráticos en los momentos más difíciles.
Fue una mujer que no se conformaba con el statu quo, sino que siempre buscaba maneras de hacer avanzar la sociedad, tanto a pequeña como a gran escala. Su visión era internacionalista, y su solidaridad, global. Con la creación de la Fundación Olof Palme, dio forma a su compromiso con la cooperación, la paz y los derechos humanos. A través de esta plataforma, impulsó proyectos destinados a mejorar las condiciones de vida de comunidades vulnerables en todo el mundo. Su vínculo con Palestina fue especialmente intenso: fundó escuelas en Gaza, que visitaba año tras año. En esas visitas se mostraba tal como era: cercana, sonriente, abrazando a alumnos y maestros, escuchando sus historias y compartiendo emociones. Para ella, la solidaridad no era un acto de superioridad, sino un gesto de igualdad y respeto mutuo. Ese compromiso global no era una simple extensión de su trabajo político, sino una expresión profunda de su humanidad. No podemos imaginar cómo debió sentirse al ver su obra en Gaza devastada bajo el peso de la barbarie.
Balletbó trabajaba de manera natural desde la empatía y la cercanía, algo que se reflejaba en cada uno de sus proyectos. Tenía una mente lúcida y un corazón alegre, la capacidad de combinar la seriedad del compromiso con un entusiasmo contagioso. Su inteligencia iba de la mano del humor, y su exigencia se vestía siempre con una sonrisa. No había lugar para el cinismo o el desaliento en su manera de entender el mundo. Transmitía una confianza tenaz en la capacidad humana de mejorar las cosas, una esperanza activa que se traducía en acciones concretas. Fue una profesora lúcida, divertida y exigente. Una política capaz de debatir con rigor sin perder nunca la calidez. Una periodista rigurosa y con sentido crítico, comprometida con la verdad. Una mujer pionera en muchos campos que sabía encontrar el lado positivo incluso en los momentos difíciles de su vida. Una líder capaz de impulsar proyectos complejos.
Su trayectoria nos deja un mensaje claro: la política puede transformar vidas cuando se vive con autenticidad. En definitiva, un ejemplo claro de cómo vivir a la vez con exigencia democrática, libertad, compromiso y alegría.


