En los últimos meses, el rechazo vecinal en La Bonanova —un barrio de la zona alta de Barcelona— hacia un centro de acogida para migrantes ha reactivado un viejo debate urbano: el fenómeno NIMBY, el Not In My Back Yard. Las protestas y tensiones surgidas en torno al equipamiento muestran cómo una percepción de inseguridad, casi siempre subjetiva, puede convertirse en fuerza política y reorganizar relaciones dentro del barrio.
Desde una mirada etnográfica, el NIMBY no es simplemente una reacción emocional desproporcionada, sino un mecanismo social que produce ciudad y define límites, visibles e invisibles. En La Bonanova, los discursos vecinales apelan a la idea de que la llegada de determinados colectivos contamina simbólicamente el entorno, afectando la calidad de vida y alterando la identidad del barrio. Esta percepción, aunque no esté respaldada por datos objetivos, tiene consecuencias reales: activa plataformas vecinales, moviliza recursos económicos y genera presión institucional. Se configura un frente de clases, de clases altas.
Para comprender en profundidad esta reacción, conviene recurrir a autores que han pensado la ciudad desde el conflicto. Mike Davis, con su análisis de la ecología del miedo, señaló cómo las metrópolis contemporáneas construyen arquitecturas defensivas y narrativas de amenaza que sirven para gestionar el contacto con la alteridad. Para Davis, el rechazo a equipamientos sociales —sean albergues, centros de acogida o viviendas asistidas— responde menos a su funcionamiento real que a su carga simbólica: son recordatorios de desigualdades estructurales que ciertos sectores prefieren mantener fuera de su campo visual. Los pobres, y más si son de colores, no gustan.
David Harvey, por su parte, introduce un elemento clave para entender el caso de La Bonanova: la economía política del suelo. En territorios donde la vivienda actúa como depósito de valor y mecanismo de acumulación, la instalación de equipamientos destinados a poblaciones vulnerables se percibe como un riesgo para los precios inmobiliarios. El NIMBY se convierte así en una defensa del capital local, en una forma de preservar la plusvalía asociada al barrio. Harvey advierte que estos conflictos no son simples problemas de convivencia, sino expresiones de una lucha más profunda por el control del espacio urbano en el marco del capitalismo.
Para un correcto análisis, es fundamental descender al terreno y observar cómo estas tensiones se viven en lo cotidiano: conversaciones en las reuniones de la comunidad, declaraciones en asambleas improvisadas, intercambios en redes vecinales. Se construye un relato compartido donde el nosotros y el ellos toman forma y se despliegan en calles, comercios y escuelas. La ciudad aparece entonces como un tejido afectivo atravesado por miedos, expectativas y negociaciones permanentes.
Junto al rechazo, también surgen contramovimientos: colectivos por el derecho a la ciudad, entidades sociales y plataformas que defienden la acogida y denuncian el uso político de la inseguridad subjetiva. Estos actores introducen otra narrativa: la necesidad ética y urbana de espacios de protección, la responsabilidad pública ante la migración y la importancia de que todos los barrios, incluidos los más acomodados, asuman su parte en la redistribución de cuidados y recursos. Mientras que este tipo de equipamientos ha estado concentrado en Ciutat Vella, a los de La Bonanova no han parecido importarles.
La experiencia de otras ciudades muestra que es posible disminuir tensiones mediante estrategias que incluyan transparencia institucional, participación comunitaria y programas de convivencia con mediadores. Sin embargo, estas soluciones operan sobre la superficie del problema. Si la raíz está en la desigualdad y en la mercantilización del suelo, solo políticas urbanas más amplias —reparto equitativo de equipamientos, regulación del mercado inmobiliario, fortalecimiento de redes comunitarias— podrán transformar de manera sostenible este tipo de dinámicas.
El caso de La Bonanova, lejos de ser anecdótico, revela una tensión fundamental en las ciudades contemporáneas: la disputa por quién tiene derecho a definir el paisaje urbano y bajo qué lógicas se reparte la vida en común. Reconocer la subjetividad del miedo, situarla en su contexto socioeconómico y confrontarla con los análisis críticos de Davis y Harvey permite pensar alternativas. La pregunta que queda abierta es qué tipo de ciudad queremos construir: una que oculta la vulnerabilidad detrás de muros simbólicos y barreras emocionales, liderada por gente que solo piensa en ella misma y en el valor de su suelo urbano, o una que asume colectivamente la responsabilidad de acoger, redistribuir y convivir.



1 comentari
me gustaria comentar que este articulo tiene un sesgo importante. me parece que el fenomeno NiMBY es general a todos los barrios a dia de hoy, la diferencia es que en la bonanova tienen recursos para confrontarlo, y en otros barrios no. Provengo del carmelo, he vivido en otros barrios economicamente bajos, y le aseguro que en casi ninguno los vecinos quiere segun que centros asistenciales. la diferencia estriba en que estan menos organizados para confrontalo y su dia a dia es mas de supervivencia. precisamente en la zona de turo park querian un centro asistencial para personas mayores en el antiguo via wagner y el ayuntamiento se ha opuesto.
que se degradan los barrios con la llegada de centros de menas, etc no es una sensacion subjetiva. Es una realidad totalmente objetiva caballero. Luegi se habla de dar alas a la ultraderecha. Quien realmente da alas son las politicas desnortadas y suicidas tanto de Gobierno central como de Generalitat con respecto al encaje inmigracional.
saludos