Era la década de los años veinte en la ciudad de Cleveland, en Ohio, cuando el destino juntó en el instituto a dos almas gemelas: Jerry Siegel (1914-1996) y Joe Shuster (1914-1992), el primero, un apasionado lector de las revistas de pulpa, y el segundo, un audaz dibujante autodidacta, los dos hijos de familias humildes, emigrantes judíos que habían llegado desde Europa. Además de colaborar en el boletín escolar, llegaron a crear su propia cabecera, de forma artesanal, con el esplendente título de [Ciencia Ficción: La guardia avanzada de la civilización futura] (Science Fiction: The Advance Guard of Future Civilization, 1932-1933), de la que llegaron a publicar cinco números. La ambición de ambos era la de convertirse en famosos autores de tiras de cómic, a semblanza de los populares artistas que copaban las portadas de los medios, donde aparecían en fotografías acompañados del presidente de los Estados Unidos, entre otros, y, aparentemente, disfrutando de un alto nivel de vida.
De las cinco historias autopublicadas cabe destacar especialmente la tercera, con el profético título de [El reino del superhombre] (The reign of the Super-man, 1933), una historia inspirada en la lectura de Así habló Zaratustra (Übermensch, 1883), del filósofo alemán Friedrich W. Nietzsche (1844-1900). En ella el protagonista era un hombre que se convertía en un poderoso villano empeñado en dominar el mundo, con un aspecto reconocible fácilmente por su ausencia de cabello (hete aquí, probablemente, la génesis del personaje mítico de Lex Luthor).
Poco después, un acontecimiento familiar les marcó para siempre: el padre de Jerry muere de un infarto cuando es atracado a punta de pistola en su pequeño comercio, en 1932. ¿Y si el superhombre fuera el bueno en lugar del malvado? ¿No sería más loable tener como objetivo erradicar el crimen? Así que decidieron darle la vuelta a su protagonista, del que ya tenían el nombre: Superman. Solo faltaba diseñarlo dotándolo de una cierta originalidad respecto de otros personajes que triunfaban coetáneamente, así que, de entrada, el protagonista sería un extraterrestre que vivía en la Tierra, a diferencia de los clásicos y muy populares Buck Rogers o Flash Gordon, terrícolas en ambos casos, los dos viajando por el espacio, y grandes estrellas de la ficción en los periódicos de la época, donde se publicaban sus tiras diarias y páginas dominicales.

Aunque en otros aspectos, sí que se inspiraron en otros héroes del momento: su protagonista debería tener cierta similitud con los atributos físicos y morales de otros personajes que también vivían sus vidas lejos de su lugar de origen, adaptándose a la sociedad que les acogía, como Tarzán o John Carter, estrellas de las revistas de pulpa, los dos creados por el escritor Edgar Rice Burroughs. La indumentaria sería un peculiar uniforme con los emblemáticos colores azul y rojo (de la bandera americana), con un diseño inspirado en las vestimentas de los forzudos circenses habituales en los espectáculos durante décadas, probablemente influenciados por la novela Gladiator: el superhombre (Gladiator, 1930), de Philip Wylie (1902-1971), en la que un científico realizaba un ensayo genético en su propia mujer embarazada consiguiendo que su hijo naciera dotado de superfuerza y supervelocidad. Por último, en la concepción de su génesis, se percibe cómo la historia de Superman emula la de Moisés: los dos eran abandonados por sus padres biológicos, que deseaban protegerles, siendo salvados y cuidados por unos padres adoptivos aleatorios, para finalmente convertirse en adalid de la opresión del pueblo en ambos casos.
Por último, y no menos importante, el personaje debía destacar por un carisma colosal en las dos identidades del personaje, que enfatizase aún más la empatía del lector por los dos perfiles (el de periodista y el de superhéroe, en este caso), a semejanza también de destacados héroes del pulp, como el Zorro, creado en 1919 por Johnston McCulley (1883-1958) para la revista All-Story Weekly (1882-1978), o personajes clásicos como el de La Pimpinela Escarlata (The Scarlet Pimpernel, 1905), de Emma Orczy (1865-1947), donde el alter ego de Pimpinela se desmayaba al ver la sangre (o al menos, eso hacía ver), un dandi del que nadie podía sospechar su doble vida como héroe.

Finalmente, Shuster se inspiró en el actor Harold Lloyd (1893-1971) para definir el aspecto de Clark Kent, y en el atlético actor Douglas Fairbanks (1883-1939) para el de Superman. Una curiosidad más: para dibujar a Lois Lane contrataron a una modelo, de nombre artístico Joanne Carter (Jolan Kovacs, 1917-2011) que, más tarde, se convirtió en la segunda esposa de Jerry Siegel. El nombre de Lois Lane surgió a partir de combinar dos nombres reales: el nombre de Lois Amster, un amor de Shuster en el instituto, un amor no correspondido que sirvió de inspiración a la trama del personaje de ficción, cuando esta ignoró durante años a Clark Kent, enamorado en secreto de ella. En cambio, el apellido es debido a la actriz Lola Lane (1906-1981), que interpretó el papel de Torchy Blane en el cine, una intrépida reportera, competente y autosuficiente, capaz de resolver los casos que investigaba, adelantándose a la propia policía. En realidad fue la protagonista únicamente de la quinta película de la saga: Torchy Blane in Panama (1938), la segunda de las cuatro actrices que interpretaron el personaje en las nueve películas, en un papel que de manera clara contribuyó no solamente en el nombre sino en la definición del carácter de Lois Lane.
Aun así, pasaron cuatro años siendo rechazados, a nadie le interesó una tira cómica protagonizada por un extraterrestre con superpoderes. En 1938, el Major Malcolm Wheeler-Nicholson, propietario de la editorial National Allied Publications, impulsó la creación de la empresa Detective Comics Inc. para ayudar en la financiación de las nuevas cabeceras New Fun, New Comics y Detective Comics, incorporando en la operación al financiero Jack Liebowitz (1900-2000) y al editor Irving Donenfeld (1893-1965), los dos socios de la empresa de distribución de las publicaciones. Poco después, Liebowitz y Donenfeld acabaron comprando la compañía en su totalidad, tanto National Allied Publications como Detective Comics Inc. Una vez tomado el mando, Liebowitz y Donenfeld fueron los impulsores de una cuarta cabecera de la editorial con el sugerente título de Action Comics (1938-actualidad), con la intención de diferenciarse de los arquetipos habituales de detectives, vaqueros y astronautas que, de hecho, ellos mismos publicaban en la cabecera Detective Comics (1937-actualidad).

Liebowitz y Donenfeld decidieron dar una oportunidad a los jóvenes Siegel y Shuster y a su denostado personaje de Superman para que protagonizara una de las historias cortas y la portada del primer número de la nueva colección, Action Comics, con fecha de portada de junio de 1938. Eso sí, les pidieron que esas trece primeras páginas fuera una historia autoconclusiva en lugar de tiras de prensa y, lo más importante, que le quitaran la pátina de humor para que tuviera un toque serio y convincente. Por la premura de tiempo, la portada la encargaron a otro dibujante del estudio, y, curiosamente, hoy en día no se sabe a ciencia cierta quién fue el dibujante de la portada más icónica de todos los tiempos. Ese desconocido autor decidió inspirarse en una imagen de una de las trece páginas de la historia, una viñeta en la que Superman levantaba un coche y era capaz de lanzarlo, lo que daba una idea clara de la fuerza que tenía. Pero hubo un pequeño cambio: el vehículo del interior no se corresponde con el modelo de la portada, lo que refuerza la idea de la diferente autoría de cada dibujo.
Eso sí, los dos dibujos inspirados en vehículos reales. El coche de la icónica portada es un Chrysler Plymouth de 1937. La escena está inspirada en la dibujada por Shuster en el interior, y que correspondía en este caso a otro modelo de coche, en concreto, a un Chrysler De Soto de 1937. De Soto era la marca comercial escogida por los propietarios de la marca de coches para representar una forma de ser (¿quizás del estilo americano?), aunque lo curioso es que Hernando De Soto es el nombre de un explorador español nacido en 1.500, y que se conoce, entre otras proezas, por ser el descubridor del río Misisipi, donde murió en 1542. Que se elija este coche justamente en el primer cómic de uno de los exploradores más ilustres de la ficción es un dato peculiar.

Esta primera portada también resulta interesante por facilitar información sobre los superpoderes del personaje, teniendo en cuenta el texto que aparece en una de las viñetas de la historia de Superman, en donde se puede leer el siguiente apunte: «Corre más rápido que una bala, salta sobre los rascacielos, levanta y tira grandes pesos, salta grandes distancias…». A partir de esta afirmación y lo que se ve en las viñetas, se puede calcular que el planeta Krypton tiene una gravedad once veces mayor de la de la Tierra, lo que explicaría la superfuerza y la supervelocidad, es decir, Superman puede levantar un peso once veces mayor que un terráqueo. Al menos en esa época inicial, esta información justificaría que pudiese levantar ese coche pero no otro a la vez, y, además, explicaría que el Superman de los primeros años no volaba sino que saltaba.

Esta imagen del personaje levantando un coche se ha homenajeado de diferentes maneras en las adaptaciones a la gran pantalla. Solo hay que recordar la icónica y nostálgica imagen de un niño levantando una camioneta para salvar a sus futuros padres adoptivos Jonathan y Martha Kent en la película de Superman (1978), dirigida por Richard Donner y protagonizada por Christopher Reeve. En la película Superman Returns (2006), dirigida por Bryan Singer, aparece un esforzado Brandon Routh emulando precisamente la escena de la primera mítica portada. La imagen de ese primer número de la revista Action Comics se ha convertido en un icono de la cultura popular, y ha sido homenajeado en numerosas ocasiones, tanto en los cómics de DC como en otras editoriales. De todas ellas, sin duda destaca la imagen que el añorado autor estadounidense George Pérez (1954-2022) realizó en 2009, con guion de Geoff Johns, donde directamente la representó como una estatua en la historia.

El número 1 de Action Comics se publicó en abril de 1938 con fecha de portada de junio, un recurso habitual que perdura hasta nuestros días y que tiene su origen en una estrategia de comunicación debido al tiempo necesario para realizar la distribución en un país de las dimensiones de Estados Unidos. De esta manera, aunque el cómic tardase tres meses en distribuirse en las tiendas de todo el territorio, el comprador no pensaría que estuviese pagando por algo ya antiguo. Lo sorprendente es que en solo tres meses se vendieron un millón de ejemplares, cambiando la industria editorial para siempre, iniciando lo que se conoce como la Edad de Oro de los cómics, expresión acuñada por el escritor y editor Richard A. Lupoff en su influyente artículo [Renacimiento] (Re-Birth, 1960).
Jerry Siegel y Joe Shuster no solo cambiaron el sector del cómic y la cultura popular para siempre, también contribuyeron al reconocimiento de los derechos de autor. En cierta manera, como su héroe en la ficción, mantuvieron una lucha durante décadas, con perseverancia y honestidad, por el reconocimiento de sus derechos como creadores del personaje. No ganaron la guerra, pero consiguieron una gran victoria moral. Aunque esa… esa es otra historia.



