La guerra en Ucrania, que cumple este mes tres años desde la invasión rusa, ha entrado en una fase crítica con la reactivación de negociaciones de paz impulsadas por Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, un actor clave en este conflicto —la Unión Europea (UE)— enfrenta un dilema existencial: ser relegada a un papel secundario o redefinir su autonomía estratégica en un escenario donde Washington y Moscú parecen decidir el futuro de Europa sin contar con ella.
La Administración Trump ha dejado claro que Europa no tendrá un asiento en la mesa de negociaciones. Keith Kellogg, enviado especial de Trump para Ucrania, declaró sin ambages: “Soy de la escuela del realismo, y eso no va a suceder”, refiriéndose a la exclusión de la UE. Este enfoque unilateral, que prioriza un acuerdo rápido entre Washington y Moscú, ignora años de esfuerzo europeo en sanciones económicas (como los 210.000 millones de euros en activos rusos congelados) y apoyo militar a Kiev.
La llamada telefónica entre Trump y Putin del 14 de febrero, que acordó iniciar conversaciones “inmediatas”, dejó en evidencia la fractura transatlántica. Mientras Europa se esforzaba por mantener una postura unificada, la Casa Blanca negoció con el Kremlin sin consultar previamente a Bruselas, algo que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, calificó de “peligroso precedente”.
La UE ha sido un pilar financiero para Ucrania, movilizando 124.000 millones de euros en ayuda y acogiendo a más de 200.000 refugiados. Sin embargo, su influencia política y militar se ha visto minada por la dependencia histórica de Estados Unidos en materia de defensa. Trump ha aprovechado esta vulnerabilidad, exigiendo a los países de la OTAN incrementar su gasto militar hasta el 5% del PIB —una cifra “provocativa”, según analistas—, mientras descarta la membresía ucraniana en la Alianza.
El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, incluso sugirió que Ucrania renuncie a Crimea y el Donbás, algo que Alemania calificó de “error estratégico”. Para José Ignacio Torreblanca, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, esta postura refleja un cálculo frío: “Trump quiere cerrar el capítulo ucraniano para centrarse en el Indo-Pacífico, aunque eso signifique sacrificar la seguridad europea”.
Frente a esta encrucijada, líderes como Emmanuel Macron y Olaf Scholz han reivindicado la necesidad de una “autonomía estratégica”. Macron propuso desplegar 40.000 soldados europeos en Ucrania bajo liderazgo polaco, una idea rechazada por su alto costo político y logístico. Por su parte, Zelenski abogó por la creación de un “Ejército Europeo”, argumentando que “el dinero no detiene a un asalto enemigo; hace falta una fuerza unida”.
No obstante, las divisiones internas persisten. Hungría, bajo Viktor Orbán, ha elogiado la aproximación de Trump, mientras países del Este como Polonia exigen mayor firmeza contra Rusia. Además, aumentar el gasto en defensa genera resistencias en gobiernos frágiles, como el español o el italiano, que temen el impacto electoral de recortes sociales.
Europa teme que un pacto impulsado por Trump conceda demasiado a Putin, legitimando la anexión de territorios y dejando a Ucrania vulnerable. “Una paz injusta sería una derrota geopolítica”, advirtió el ministro español José Manuel Albares. Además, Bruselas anticipa que asumirá el grueso de la reconstrucción ucraniana —estimada en 486.000 millones de euros—, mientras Washington se retira. Y si bien Von der Leyen insiste en que “Ucrania es parte de la familia europea”, la UE carece de herramientas para imponer su voz en un mundo cada vez más multipolar. Mientras Trump y Putin negocian en Riad, Europa debe decidir si acepta el papel de espectadora o lucha por escribir su propio destino.


