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    Medio siglo después de la muerte de Franco: cómo explicar el franquismo a los jóvenes

    aclaretBy aclaretnovembre 20, 2025No hi ha comentaris9 Mins Read
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    Casi un 20% de los jóvenes menores de 25 años consideran que los años de la dictadura fueron buenos o muy buenos. Eso es lo que muestra la última encuesta del CIS y ha sido confirmado por otros sondeos de opinión. Cada vez hay más jóvenes, sobre todo chicos, que se presentan en programas de televisión para decir que no era para tanto. Algunos incluso se atreven a afirmar que bajo Franco se vivía mejor. No tienen ni idea, porque no habían nacido, ni lo han deducido a partir de lecturas contrastadas, sino de TikTok, pero ensalzan el pasado como una forma de criticar el presente y de fabular sobre un futuro distinto del que les espera.Esta realidad ha acelerado el debate sobre el peligro de banalizar el franquismo en el momento en que se cumplen 50 años de la muerte del dictador.

    Menospreciar lo que supuso el levantamiento de Franco, la guerra, la represión, el hambre y la persecución de la libertad juega obviamente a favor de quienes hoy quieren desfigurar o acabar con la democracia.

    El relato es tan sencillo y eficaz como el siguiente: si la democracia no sirve para resolver los problemas de la gente, si no facilita el acceso a la vivienda, si no ofrece estabilidad laboral, y si además está lastrada por la opacidad de la política y la corrupción, miremos atrás. Y si descubrimos que el pasado fue mejor —cosa para la que estamos dispuestos porque el presente no nos satisface—, ¡pues adelante! Hacia adelante sin dudar. Hagamos la pelota a Vox o a Aliança Catalana, que también sirve si dejamos de lado, por un rato, lo que ocurrió con las libertades nacionales de Cataluña y con la lengua.

    Un retroceso global

    ¿Cómo puede ser que tantos jóvenes busquen en un pasado donde los muertos se contaron por centenares de miles la solución a los problemas de hoy? No nos pongamos más nerviosos de la cuenta, porque la desmemoria no es solo cosa nuestra. En Alemania, donde el pasado aún fue más oscuro, el partido que lo reivindica encabeza hoy las encuestas. En Italia gobierna Giorgia Meloni, que dio sus primeros pasos en política entre los nostálgicos de Mussolini. En el Reino Unido, que fue bombardeado despiadadamente por la Luftwaffe, el partido que guiña el ojo a los nazis podría ganar las próximas elecciones. Podríamos seguir. Añadir a Donald Trump, con su ataque frontal a los derechos humanos y la nostalgia del imperio, pero no es el tema.

    Echar un vistazo a lo que nos rodea solo tenía un propósito: recordar que lo que nos ocurre no puede analizarse únicamente en clave española. Las amenazas que sufre nuestra democracia forman parte de una deriva más global. Con un rasgo común: los chicos aún muestran más inclinación a creer que con una dictadura vivirían mejor. La valoración positiva que tienen de Franco llega al 26,8%, mientras que la de las chicas no pasa del 26%.

    Estamos, por tanto, ante una relativización o disposición a blanquear los pasados fascistas por parte de los jóvenes, que tiene una dimensión global y otra propia. La más general tiene que ver con la inseguridad social y la angustia generacional en la que viven las nuevas generaciones. Es la que explica que hoy, en Alemania, ser nazi ya no dé la vergüenza que daba hace 30 años. No entraremos en ello, porque no es objeto de este artículo. Nos centraremos más en la dimensión propia de esta deriva, relacionada con la guerra y el franquismo o, mejor dicho, con cómo lo hemos interiorizado y cómo lo hemos explicado.

    La banalización del franquismo

    Con una observación previa: las encuestas prueban que el problema no lo tenemos solo con los jóvenes. De hecho, la valoración positiva del franquismo es más alta en los dos extremos de la pirámide: entre los menores de 25 años, como hemos dicho (20%), y entre los mayores de 65 (35%). Por un lado, desconocimiento del pasado; por el otro, nostalgia de unos tiempos durante los cuales la vida era dura (mucho más que ahora), pero la esperanza de que el futuro fuera mejor era mucho más alta. He abordado esta cuestión desde un punto de vista literario en mi última novela, La casa de les tres xemeneies, ambientada a principios de los años sesenta en Barcelona.

    El país acababa de salir de dos décadas de privaciones extremas, y empezaba todo aquello que el régimen franquista conceptualizó como el “desarrollismo”. Uno de los personajes, una mujer andaluza que, en la novela, vive en las barracas de Can Valero, en Montjuïc, le dice al protagonista, un chico joven nacido en el exilio: aquí hemos sido felices. Sabemos que era una felicidad relativa, pero lo que alimenta la memoria son las percepciones más que los hechos. El índice de banalización del franquismo solo baja entre las franjas intermedias de población, las que crecieron durante los últimos años de la dictadura, cuando Franco ya se había convertido en una aberración histórica. La percepción positiva que tienen estas generaciones es menor que la de los extremos: 18-24 años (20%), 25-34 años (16%), 35-44 años (18,5%) y 45-54 años (20,6%).

    Si nos centramos en los jóvenes, quizá podamos encontrar algunas explicaciones más allá del malestar que padecen como generación. Su percepción positiva de Franco no tiene que ver, obviamente, con la nostalgia de los mayores. Debemos preguntarnos si les hemos explicado bien lo que fue el régimen, en la escuela y a través del discurso público. Aquí es donde quizá encontremos aspectos que no se han hecho suficientemente bien y que aún estamos a tiempo de corregir. Yo mismo me he visto en la necesidad de explicar el régimen de Franco a jóvenes cuando he ido a alguna escuela a comentar alguna de mis novelas ambientadas en los años de la guerra y el exilio.

    ¿Qué podemos hacer?

    La experiencia ha sido reveladora de lo que dicen las encuestas y me ha sugerido alguna idea que quisiera compartir. Me he encontrado con un muro de escepticismo e incomprensión cuando les he explicado el franquismo de manera, digamos, tradicional: el levantamiento, la guerra, la represión, el exilio, el antifranquismo político. No pretendo decir que no haya que hacerlo. Pero reducir la historia del franquismo a la lucha política entre los demócratas y el régimen no es suficiente. Puede ser incluso contraproducente para jóvenes que han vivido siempre en democracia y que la ven como un hecho más que como un valor (o que, incluso, tienen una concepción bastante crítica de ella). Uno de ellos me dijo: por un lado estaban los republicanos, por el otro los franquistas. En medio estaba la gran mayoría, que no estaba con nadie y que se apuntó al caballo ganador. Es una concepción que no se puede rebatir solo con cifras de muertos, encarcelados, fusilados o exiliados. Solo se puede responder hablándoles de Franco y del régimen desde su perspectiva: la de los jóvenes.

    Con esto quiero decir que narrar las barbaridades represivas del franquismo es necesario pero no suficiente. Por supuesto, debemos seguir mencionando la Model, el Camp de la Bota, las víctimas que aún siguen en fosas, el sufrimiento de los exiliados, la lucha antifranquista, o la represión sobre la cultura y la lengua, pero debemos lograr explicarles más y mejor cómo el franquismo afectó a los jóvenes como ellos (y cómo una regresión democrática los volvería a afectar a ellos). Debemos dejar claro que el conflicto entre democracia y dictadura no es solo político (como aparece en la mayoría de libros de historia escolar). No es verdad que en medio estuviera “el pueblo”, como decía mi interlocutor, mientras todo era una batalla política entre “unos y otros”. El pueblo (y los jóvenes) fueron quienes más sufrieron el franquismo. No lo sufrieron solo quienes acabaron en cárceles o campos de concentración.

    Lo primero que le dije a aquel chico fue que bajo el franquismo ese debate sobre la historia no lo podríamos tener, que en aquella aula solo habría chicos o solo chicas, y que cuando saliera de la escuela no podría coger de la mano a su novia. Como se rió, añadí que si un falangista o la Guardia Civil los pillaba dándose un beso, su novia podía acabar unos meses en un convento del siniestro Patronato de Protección de la Mujer. En definitiva, intenté hablar de cómo la dictadura no era solo un régimen político “diferente a la democracia”.

    Era un sistema de control de toda la sociedad, y particularmente de los jóvenes. Un sistema de represión que les afectaría a ellos y a ellas, y no solo a los detenidos y torturados antifranquistas.

    A los jóvenes debemos hablarles más del franquismo cotidiano. Aquel que afectó la vida de millones de personas. No hablar solo del franquismo como sistema político y del antifranquismo, que era importante pero minoritario. En una guerra o en una dictadura, la gente no se divide entre quienes cogen un fusil y se apuntan a uno de los dos bandos. Esos siempre son una minoría. La falta de libertad no es solo una barbaridad porque prohíbe partidos y sindicatos. Lo es porque condiciona la vida de cualquier ciudadano, y quizá aún más la de los jóvenes, que son los principales afectados. Lo que debemos explicarles, más y mejor, es que esta no es una historia de buenos y malos (aunque también lo sea).

    Debemos reivindicar la dimensión cotidiana de la libertad, si queremos que la valoren. No debemos explicarles solo que sin libertad no podrían votar, porque quizá son de los que no votan. Debemos hacerles ver que sin libertad no podrán hacer nada de lo que hacen, ni podrán ser nada de lo que quieren ser. Quizá así lo entiendan mejor.

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