Entre las páginas 680 y 681 del tomo 7 de la Gran Enciclopedia Catalana (espam-Garri ) conservo media cuartilla amarillenta con el teletipo de la agencia Cifra que informaba de la muerte de Franco.

Cifra formaba parte de la agencia informativa estatal, hoy Efe, pero contrariamente a lo que pudiera pensarse, no fue la primera en dar la noticia de la muerte de Francisco Franco. Esta primicia le correspondió a la agencia Europa Press, de carácter privado (pero bajo tutela gubernamental, como toda agencia informativa bajo el franquismo).
Europa Press también abría su teletipo con campanitas y después repetía, en tres líneas, la misma frase: ‘franco ha muerto’, también en minúsculas. La primera línea hacía caja a la izquierda (es decir, arrancaba en el margen izquierdo), la segunda línea estaba centrada y la tercera línea terminaba con la palabra ‘muerto’ en el margen derecho. Y al final, la hora: las 4:58.
Las campanitas eran un requisito inseparable de las noticias urgentes, porque en el papel se veían reflejadas como tal pero en la redacción se oía un sonido particular, que alertaba de que había una noticia urgente de gran alcance y última hora. Por eso había tantas campanitas, tanto en el teletipo de Europa Press como en el de Cifra.
Pendientes del sonido del teletipo
Este sonido de las campanitas era el que llevábamos esperando todos los redactores que participamos en las guardias día y noche durante la agonía de Franco. Hay que hacer un ejercicio mental para retroceder medio siglo atrás y pensar en un mundo sin teléfono móvil, sin internet y sin ordenadores. Las noticias sólo llegaban a través del teletipo. El teletipo era como una máquina de escribir pero más grande. Llevaba incorporado un rollo de papel continuo y el emisor escribía en su propio teletipo y esas letras y esos símbolos (las campanitas de marras) se reproducían en las redacciones de todos los medios.
Cuando llegaba algún teletipo se escuchaba el sonido de las teclas al golpear sobre el papel. Pero esto ocurría continuamente. Había unas personas encargadas de recoger los teletipos y distribuirlos por las distintas secciones. Y allí, el redactor jefe (o cualquier otro redactor encargado de esta tarea) seleccionaba las de mayor interés, recortaba el teletipo correspondiente y lo acumulaba con otros teletipos, a la espera de valorar la presencia que tendría una vez puesto en página.
La muerte de Franco llegaría por esa vía. Y todos sabíamos que escucharíamos muchas campanitas. Pero para escuchar estas campanitas había que estar en la redacción. Y normalmente, durante las horas centrales de la noche, las redacciones estaban vacías. De modo que hubo que organizar guardias para que hubiera siempre un periodista en la redacción atento al sonido que llegaría a través del teletipo.
Un redactor en prisión
El diario Tele/eXpres pertenecía en aquellos momentos al conde de Godó y estaba situado en la calle Tallers, en la parte trasera de La Vanguardia, encima de los talleres y rotativas tanto de un medio como de otro. Así como se decía que la “lucecita” de El Pardo nunca se apagaba (eso lo dijo un periodista de pluma florida), en las redacciones de todos los periódicos, todas las emisoras de radio y las dos únicas televisiones de España siempre hubo alguien a la espera de escuchar las campanitas.
En nuestra redacción esa vigilia tenía un carácter especial. Porque un redactor de Tele/eXpres, Josep Maria Huertas Claveria, un periodista que era referencia en la profesión, cumplía en esos momentos dos años de cárcel a los que había sido condenado en un consejo de guerra por escribir que después de la guerra civil algunos ‘meublés’ estaban regentados por viudas de militares. Una verdad incontestable, pero no le acusaron de calumnias (atribución de un hecho falso), sino de injurias (atribución de un hecho con ánimo de ofender).
En Tele/eXpres, por tanto, el sonido de las campanitas se esperaba con algo más que la inevitable ‘tensión informativa’, concepto sobre el que los periodistas solemos bromear. Tele/eXpres era una redacción joven, mayoritariamente de izquierdas. Antes de la sentencia de Huertas estaba dirigido por Manuel Ibáñez Escofet (tuvo que dejarlo por problemas coronarios originados por la detención de Huertas), que había rescatado para el periodismo a exiliados como Avel.lí Artís Gener (Tísner) y Josep Maria Lladó. Y también Manuel Vázquez Montalbán, militante del clandestino PSUC que había cumplido prisión.
Cine prohibido en la redacción
El diario era todo lo de izquierdas que se podía ser en ese momento. Es decir, poco, pero eso era mucho comparado con el resto de medios. Los jóvenes redactores convivían, en cualquier caso, con varios veteranos que llevaban su franquismo con discreción, entre ellos un policía al que Ibáñez Escofet tuvo que decirle que era mejor que a la redacción viniera sin su arma reglamentaria.
La muerte de Franco no cogió a nadie por sorpresa. Era sólo cuestión de tiempo. Su amargo y largo adiós vino acompañado del fusilamiento de tres miembros del FRAP y dos de ETA. Uno de estos fusilados el 27 de septiembre de 1975 fue Juan Paredes Manot, ‘Txiqui’. Antes de que lo ejecutaran en Cerdanyola, Huertas –que se había convertido en el bibliotecario de la Modelo– pasó por su celda para ofrecerle un par de libros. Lo hacía cada dos días, pero esa tarde, antes de que se informara públicamente de lo que estaba a punto de pasar, ‘Txiqui’ respondió que, en aquella ocasión, con uno sería suficiente. Ese libro se titulaba “Te veré en el infierno“.
Las guardias del fin de semana se hacían especialmente largas, pero Tele/eXpres contaba con una carta impagable: Antoni Kirchner era, además de crítico de cine, responsable de las salas Arkadin, y tenía acceso a películas que en España no se podían proyectar. Pero sí pudieron visionarse en la redacción, porque Kirchner se agenció un proyector y convertimos una pared en pantalla. Así pudimos ver, entre otros, Viridiana, de Buñuel, en animadas y frecuentadas sesiones de tarde y noche.
La última guardia
A mí me correspondía uno de los primeros turnos de noche. Creo recordar que terminaba a la una de la madrugada. Mi relevo era el redactor de Sucesos, Fernando Casado. La noche del 19 de noviembre (es decir, ya entrada la madrugada del 20) hacía poco que me había acostado cuando me despertó la llamada telefónica. Supongo que dijo algo tan lacónico como: “Ven, ya está “. Las campanitas de la agencia Europa Press habían sonado a las 4.58 y apenas unos instantes después todos los redactores íbamos recibiendo la esperada llamada.
Al poco, la redacción se llenó de periodistas ansiosos por vivir ese momento. En realidad, tampoco había mucho que hacer, porque el diario ya estaba prácticamente hecho. Casi todos los artículos estaban escritos y las linotipias habían convertido en plomo cada una de esas líneas. Apenas quedaba llenar la portada y poner en marcha la rotativa.
Después de tantas noches de guardia sólo queríamos ver impresa aquella portada con grandes caracteres: ‘Franco ha muerto ‘. Todas las guardias, todo el sueño acumulado, había merecido la pena. Estábamos asistiendo al momento en que la historia empezaba a cambiar.


