En el momento de escribir este artículo, aún no sé si la sensación o emoción de la que quiero hablar corresponde al término soledad o solitud. Estas dos palabras tienen significados muy parecidos, pero no son idénticas. Soledad es la experiencia de sentirse solo y tiene connotaciones negativas: implica la carencia de compañía y puede generar tristeza, dolor y sensación de abandono. En cambio, solitud (palabra actualmente poco utilizada, casi en desuso) implica la decisión de estar solo con el objetivo de disfrutarlo, huir del ruido, reflexionar, estar tranquilo, etc. La solitud es estar solo, pero de manera escogida y vivida de forma consciente y positiva: es una decisión personal. La solitud es el espacio en el que el individuo se encuentra consigo mismo, mientras que la soledad es el vacío que queda cuando los demás faltan.
La soledad es una emoción por la que todos pasamos en algún momento de nuestras vidas. A veces es una fuente de angustia y aislamiento. La solitud es ese momento en el que disfrutamos y aprovechamos la soledad para descubrir y entender mejor lo que somos y necesitamos. La solitud puede ayudarnos a regular nuestras emociones, tener un efecto relajante y prepararnos para interactuar mejor con nuestro entorno. Es, por tanto, un desafío y a la vez una oportunidad. Reconozco que la solitud ha sido enriquecedora a lo largo de mi vida, tanto de joven como ahora, que intento envejecer con dignidad. Los seres humanos somos sociales, y por ello necesitamos el contacto con otras personas.
Cuando percibimos la ausencia de relaciones sociales satisfactorias es cuando surge el sentimiento negativo de soledad. Incluso, a veces, podemos llegar a sentir esta soledad cuando estamos rodeados de otras personas, pero no sentimos ningún vínculo con quienes tenemos al lado. Es frecuente percibir la soledad como algo negativo. Por ejemplo, nos resulta extraño ver a alguien ir solo al cine o a un restaurante. Pero no es menos cierto que puede ser beneficiosa. Por eso es fundamental diferenciar entre la soledad escogida (la solitud) y la impuesta. En la soledad elegida —es decir, la solitud—, la persona toma una decisión y escoge libremente estar sola; desde aquí es más fácil gestionar nuestros sentimientos. Pero si, en cambio, la soledad es impuesta, nos genera emociones negativas que debemos aprender a sobrellevar de la mejor manera posible.
Aprender a disfrutar de momentos de solitud es algo básico por varios motivos. Nos ayuda a conectar con nosotros mismos, a pensar en lo que queremos, en nuestros deseos y proyectos. Estar con otras personas debe ser una elección y no una imposición ni siquiera una necesidad para poder huir de nuestra realidad. Estoy con los demás porque me apetece, no porque no quiera estar solo. Es desde aquí desde donde realmente podemos disfrutar de la compañía.
La solitud fomenta nuestra autonomía: es decir, nos permite realizar actividades solos sin depender de los demás para hacerlas. Y eso genera un aumento de nuestra autoestima y de la sensación de ser libres y autónomos. Es entonces cuando la solitud puede regalarnos momentos de bienestar y gratificación, por ejemplo cuando dedicamos tiempo a algo que nos gusta: leer, pasear, escuchar música, dibujar, etc. Otro elemento que no debemos olvidar es que la soledad no solo nos afecta a nivel emocional o psicológico conduciéndonos a estados de tristeza, sino que también puede afectar negativamente a la salud física. Aprender a gestionarla contribuye sin duda a nuestro cuidado físico.
La filosofía moderna aborda la soledad desde múltiples perspectivas, reconociendo tanto sus aspectos negativos como los positivos. A lo largo de los siglos XIX y XX diversos filósofos reflexionaron sobre la solitud en relación con la existencia humana, la libertad, la autenticidad y la angustia existencial. Algunos filósofos y psicólogos contemporáneos, como Rollo May o Erich Fromm, ven la soledad como una oportunidad para el crecimiento personal y la autorrealización. Desde esta perspectiva, la soledad es una condición que debe evitarse, mientras que la solitud es un espacio necesario para la introspección, la creatividad y la construcción de una identidad auténtica.
No querría terminar estas reflexiones sin decir claramente que el verano caluroso o la Navidad consumista y vacía de simbología, con lugares repletos de gente, ruidos y actividades desorbitadas, no nos permiten disfrutar de la solitud. Es una lástima, ya que el verano y la Navidad como períodos de descanso podrían ser el bálsamo que, en un momento u otro, todos necesitamos.


