Hace pocos días hemos conocido la sentencia dictada por el juez en el caso contra Luis Rubiales por el beso no consentido a Jennifer Hermoso en el momento de felicitar la victoria de la selección femenina de fútbol en el mundial de Sydney. Una sentencia doblemente indignante para el movimiento feminista. Por un lado, porque sólo consiste en una multa ridícula y un alejamiento de la jugadora que no le costará nada cumplir. Por el otro, la sentencia desestima la existencia de coacciones al entorno a la jugadora para que retirara la denuncia alegando que no hay pruebas al respecto, cuando hemos visto pasar una multitud de testigos, compañeras y familiares, relatando lo contrario. Una sentencia que la campeona del mundo ya ha anunciado que recurrirá.
Esta sentencia envía un clarísimo mensaje a la sociedad que ilustra cómo opera la justicia patriarcal, siempre a favor de los agresores, porque incluso con hechos que han ocurrido bajo todos los focos mediáticos globales, en realidad ni los considera graves ni otorga credibilidad a la víctima, trasladándole a ella la sospecha del delito de mentir. Ahora imaginémonos que esto ocurre -y ocurre, eso y mucho más, todos los días y a todas horas- en una fábrica, un almacén, un medio de transporte, un hospital, una escuela o un hogar. ¿Quién puede asumir el coraje y los riesgos que conlleva, y las consecuencias que seguro tendrá, una denuncia? Va, mujer, deberías estar contenta, encima que te dan un beso…
Pues estos hechos están en la base de la profunda anomalía de nuestra sociedad, que se llama democrática, pero sigue considerando a las mujeres ciudadanas de segunda. Que las leyes proclamen que somos iguales sigue siendo una estafa y estos episodios nos hacen conscientes de ello. La Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual, conocida como la ley de “sólo sí es sí”, teóricamente promulgada para remediarlo, aunque muy criticada por el movimiento feminista, está teniendo efectos perversos incluso después de la reforma exprés a la que tuvo que someterse una vez aprobada por los errores de técnica jurídica que contenía.
Dos novedades de la ley inicialmente pensadas para proteger la libertad sexual, como eliminar la figura del abuso y convertir todas sus vulneraciones en agresiones, y elevar consecuentemente las penas mínimas a aplicar, están llevando a una inhibición peligrosa ante algunos hechos que jueces, fiscales y sociedad no consideran realmente delictivos. Sólo así se explica el ensañamiento en los interrogatorios a las víctimas que denuncian, o las sentencias que minimizan los hechos y que directamente descartan parte de ellos porque tenerlos en cuenta comportaría proponer penas más altas, como en el caso Rubiales.
En una reciente presentación de la obra colectiva Hijas del Miedo y otros relatos de violencia de género (2024), una recopilación de relatos basados en casos reales que impresionaron especialmente a las autoras, de la Asociación de Mujeres Juezas de España, se planteó el papel de la ley del “solo sí es sí” en la decepcionante sentencia del caso Rubiales. La valoración de las profesionales de la judicatura fue a la vez negativa y positiva. Negativa, porque comprendían la insatisfacción del movimiento feminista. Pero también positiva, porque el mensaje enviado a la sociedad, a pesar de todo, es que esto simplemente no se puede hacer. Porque el profundo cambio que necesita el sistema judicial debe ser paralelo a un cambio social que realmente condene estos hechos. Un cambio en las antípodas de aquella idea todavía tan arraigada que está en la base de la violencia de género, la que da por hecho que las mujeres somos de los hombres, y se expresa a menudo en comentarios como “al final a las mujeres no se les podrá decir ni hacer nada”. Comentarios que, efectivamente, ¡aciertan de lleno! No, no se nos puede decir ni hacer nada que no decidamos ni deseemos. Nada que nos discrimine, nada que nos violente.
Pero la realidad que vivimos es que las viejas y las nuevas fuerzas del patriarcado siguen sometiendo los derechos de las mujeres y las niñas a los deseos de los hombres en todas las esferas. Las estadísticas muestran un aumento exponencial de la violencia sexual y una desigualdad económica que no disminuye, al tiempo que crece su negación entre los más jóvenes, chicos y, también, chicas. Las mejoras son lentas y frágiles, y por ello el movimiento feminista vuelve a convocar para el próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, una potente manifestación en Barcelona centrada en la denuncia de todas las formas de violencia y explotación de las mujeres y las niñas en todo el mundo.


