El Gobierno de la Generalitat, con el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) de Salvador Illa al frente, ha llegado a un acuerdo con Els Comuns para incrementar notablemente la tasa turística que actualmente opera en Catalunya. De esta manera, el impuesto se amplía potencialmente hasta el doble de la cuantía actual, llegando hasta los 15 euros en su máximo desarrollo. Además, el acuerdo permite a otras ciudades del territorio introducir un recargo de ámbito municipal, algo que solo estaba permitido, hasta el momento, a Barcelona. La disposición, que todavía tiene que ser aprobada por el Parlament de Catalunya, nace, no a iniciativa del PSC, sino a partir de una propuesta que, en su momento, llevó Esquerra Republicana de Catalaunya (ERC) en Barcelona al Pleno de la ciudad si el alcalde Collboni quería ver aprobada sus ordenanzas fiscales. Es ahora, un par de meses después, que el acuerdo se ha materializado a nivel autonómico mediante el acuerdo de socialistas y comunes.
La noticia es aparentemente positiva, no cabe negarlo. En la actualidad, para un Ajuntament como el de Barcelona, la tasa turística puede llegar a suponer hasta la tercera parte de sus recursos anuales, según volumen, lo que da una idea de su importancia. El PSC, además, ha dedicado parte de la tasa que, recordemos, nació con la única finalidad de promover el turismo, a la climatización de las escuelas de la capital, así como a la financiación de otro tipo de políticas de tipo social y cultural que han beneficiado a los barrios de Barcelona. El empresariado turístico, por su parte, no está contento, ya que esta medida impide, en cierta manera, una potencial subida de precios aunque sea leve, ya que la tasa cumple aparentemente esta función. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, ya que el incremento significativo de la tasa podría actuar a modo de fetiche impidiéndonos ver el alcance real de la turistificación sobre la ciudad.
Decía Marx, en el primer volumen de El Capital, que las mercancías producidas por los trabajadores en las fábricas se presentan ante nosotros como un fetiche. Con esta metáfora, el filósofo alemán quería expresar que, debido a este carácter mágico, que obnubilaba nuestra forma de ver y entender la situación, no nos era posible ver la realidad que se escondía en el interior de las paredes de la industria: la de unas relaciones de producción profundamente desiguales basadas en la explotación laboral para la obtención de plusvalías. Pues bien, la tasa turística que recientemente ha sido aprobada por el Govern catalán conjuntamente con Els Comuns podría actuar de la misma manera.
De este modo, la importante entrada de recursos públicos a las arcas municipales podrían ser presentadas ante la opinión pública como una oportunidad, legitimando la existencia de unos niveles de turistificación que, como se ha demostrado por activa y por pasiva, alcanzan lo insoportable en cuanto a incremento de los precios de los alquileres y acceso a la vivienda en general; pérdida de identidad cultural; homogeneización del paisaje comercial; masificación del espacio público y los transportes; dificultad de acceso a áreas de ocio y recreación, como las playas y parques; privatización de las calles y las plazas o altos niveles de precariedad laboral, entre otras.
Además, tal y como ha señalado tanto la Assemblea de Barris pel Decreixement Turístic (ABDT), como el colectivo Alba-Sud, la apertura a introducir un recargo en otras localidades con alta dependencia turística y competencia a nivel de precios bajos, encarecería la actividad, lo que podría llevar a que determinadas clases sociales que actualmente acceden a esta actividad, dejaran de hacerlo, elitizándola.
Así, cuando el alcalde de Barcelona presenta el Pla Clima como la gran apuesta de su gobierno en aras de mejorar el clima de las aulas de las escuelas de la ciudad, sufragando los equipos de aire acondicionado con la tasa turística o, a partir de ahora, se dedique dinero de la misma a la construcción de vivienda asequible, hemos de recordar siempre que esto se debe a los altos niveles de turistificación que soportamos durante gran parte del año. Que es un fetiche, un fetiche que no nos deja ver que, quizás, antes que comprar aires acondicionados o construir nueva vivienda, habría que apostar por decrecer turísticamente, algo que tiene unos efectos a más largo plazo, pero mucho más efectivo, en la mitigación del cambio climático o el enfriamiento del mercado de la vivienda.


